Germán Eduardo Vargas

Comida o basura

Germán Eduardo Vargas
POR:
Germán Eduardo Vargas
marzo 11 de 2014
2014-03-11 02:50 a.m.
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Maquillar el análisis de la pobreza –con cifras sesgadas por el efecto promedio– oculta su polarización; personas con capacidad adquisitiva que, por pereza de mercar o cocinar, encuentran sus alacenas vacías o las desperdician, y prefieren la ‘comida basura’ (junk food), y quienes carecen de provisiones, sin recursos para transar, destinados a buscar en la basura su comida.

Con la necesidad de mantener a su familia, superando su propio prejuicio y soportando las humillaciones proferidas por extraños, una señora con gesto cándido, aunque cansino, durante una tarde lluviosa, recorría los exteriores de una zona de mercado, recogiendo alimentos en los depósitos de basura.

La basura como metáfora que confunde el dilema desnutrición o malnutrición. Descripción que identifica al creciente número de personas que sobreviven a las tribulaciones de la crisis, la ruina de la pobreza o la sombra de la indigencia; y la muestra, cada vez más representativa, de consumidores que desperdician alimentos.

Es la cruda realidad, aunque la neguemos y con soberbia la reduzcamos al absurdo, como caso aislado, dado que esta civilización se distingue por el papel del consumo en la transformación del hombre en ese homo-economicus que ostenta mayor riqueza (aunque encubre su pobreza), y presume más comodidades (pero menos bienestar).

Dejo a consideración algunos estos datos de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO): mientras la hambruna afecta a más del 15% de la población, derrochamos hasta el 33% de la producción total de alimentos, con cuotas de responsabilidad en cada eslabón: los productores (13%), los distribuidores (2%), los restaurantes (5%), y los hogares (8% por caducidad, 4% durante la preparación, y 1% que dejan los comensales en el plato).

Un reporte preocupante, pues, además de representar una ingente cantidad de dinero tirado a la basura, el ciclo de procesamiento de alimentos adicionalmente supone el gasto de recursos naturales no renovables, y una nada despreciable generación de emisiones contaminantes (aunque son reconocidos los avances en innovación tecnológica y eficiencia energética).

No obstante, el problema de mayor sensibilidad en torno al desperdicio de alimentos está determinado por los sesgos culturales, tal como hacerle el feo a las verduras; caprichos infundados que se reflejan en diferentes hábitos, como la tendencia a desechar varios cortes de carnes, verduras y frutas (que pueden aprovecharse como bases de caldo, purés, mermeladas y tortas), o la resistencia a adquirir productos que no tienen un aspecto estéticamente óptimo, aunque estén aptos para el consumo.

Las grandes cadenas de supermercados deberían materializar su discurso de sostenibilidad empresarial, impulsando el cambio hacia un modelo de consumo masivamente responsable y solidario, apalancado por estímulos y promociones dirigidas hacia ese emergente segmento de ciudadanos que está dispuesto a flexibilizar sus criterios de compra o decide donar alimentos (para no tratarlos como basura). De hecho, podrían habilitar su red de almacenes como banco de alimentos, para facilitar la operación organizada de iniciativas de servicio social, como Alimentos para la Vida (Food For Life).

Germán E. Vargas G.

Catedrático

gevargas@gmail.com

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