Germán Eduardo Vargas

Espejito, espejito…

Desde los niveles de formación básica primaria, la formación humana y social permanece ignorada.

Germán Eduardo Vargas
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Germán Eduardo Vargas
febrero 01 de 2013
2013-02-01 12:26 a.m.
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La corrupción ética, la evasión de responsabilidades y la falta de consecuencias han impuesto una moda que erosiona la legitimidad de los ámbitos corporativo, político y, ahora, deportivo, con la disolución de quien fuera uno de mis héroes: Lance Armstrong.

El problema es que no pasa nada. Cómplices del sensacionalismo, somos víctimas del desengaño mientras otros se camuflan y emulan esas imágenes de gloria que maquillan una realidad, entre tanta impunidad y aparente inmunidad, por la ausencia de un liderazgo con sentido positivo y pro-positivo.

El precio del dinero, como incentivo evocativo y provocativo, justifica su creciente poder mientras la cultura de lo fácil hace costumbre; paradójicamente, los dirigentes más destacados con notable frecuencia provienen de las universidades más reconocidas: entonces, ¿qué está haciendo el sector educativo ante esta realidad?

Considere las escuelas de Ingeniería, Economía y Negocios, e incluso las deportivas, donde sobresalen las calidades de sus “competencias duras o técnicas”, cuya especialización las limita a un fin determinado; por esta razón pierden importancia relativa cuando el profesional asume la responsabilidad de ocupar posiciones estratégicas que, por su naturaleza e influencia integral, imponen un compromiso que trasciende al individuo para convertirlo en modelo de comportamiento, referente corporativo y social.

Desde los niveles de formación básica primaria, la formación humana y social permanece ignorada o subvalorada; aprendemos a esconder nuestras vergüenzas, contaminados de vicios como la vanidad (mi pecado favorito), el miedo al error y al rechazo, que limitan nuestra capacidad de pensar de manera alternativa: paralizan o anulan cualquier posibilidad de cambio, y reducen la originalidad de los comportamientos socialmente deseables ante aquellos políticamente correctos.

No tenemos escuelas de liderazgo; analizando incluso esos famosos MBA, encontrará que el porcentaje de contenidos obligatorios o electivos asociados a estas “destrezas” es mínimo (no utilizo la expresión “competencia” porque considero que ha sustentado la individualidad y selectividad voraz).

Nuestro contexto privilegia las estructuras de control que racionalizan el trabajo, presionados el cumplimiento y las contingencias del corto plazo, que pueden desvirtuar los valores y propósitos declarados. En consecuencia, sesgados, por efecto del mecanicismo, hemos creado autómatas por seres humanos, mientras formamos técnicos y no líderes. 

Si reconoce el error de este axioma, pensando en otro modelo educativo, le propongo reflexionar: los líderes ¿nacen o se hacen?

En definitiva, el administrador depende de lo que sabe y de lo que hace; el líder de cómo piensa, decide y transforma su entorno, promoviendo relaciones de confianza que motivan contribuciones significativas, con visiones y criterios innovadores, que potencian la sostenibilidad.

Porque las teorías son efímeras, pero los talentos se cultivan y no se agotan, es necesario desarrollar destrezas como: pensamiento crítico y creativo, valores y autodesarrollo, comunicación efectiva y argumentativa, manejo de la presión y la frustración, construcción de consensos y solución de conflictos, tolerancia a la ambigüedad, la incertidumbre y la diversidad, sicología y neurobiología de las emociones y las decisiones.
Formemos héroes de verdad; no objetos creados por el marketing.

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