Germán Eduardo Vargas
columnista

El Papa y el liderazgo femenino

La llegada del Papa a Colombia demostró que las dificultades globales empeoran, y nada cambia.

Germán Eduardo Vargas
POR:
Germán Eduardo Vargas
septiembre 12 de 2017
2017-09-12 08:36 p.m.
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La llegada del Papa a Colombia demostró que las dificultades globales empeoran, y nada cambia. Los grupos de interés proliferan, pero carecen de liderazgo porque se contrarrestan entre sí o se consolidan de manera incoherente, suscribiéndose ante el establecimiento. El liderazgo no se asocia a las quejas o culpas; tampoco origina o perpetúa problemas. Dicho calificativo distingue a personas y organizaciones que procuran influir de manera propositiva en su entorno. Validando estas acepciones, ¿qué explica la crisis de liderazgo glocal?

Primero, escrute falsos positivos considerando ‘con quién’ nacen o se hacen; descubrirá que ostentan y concentran poder heredado (confundiéndolo con liderazgo); alcanzan posiciones jerárquicas y, como condición previa, o consecuencia, defraudan loables causas por ambiciones propias, de sus mentores o mecenas; sirven de imagen a ‘pactos globales’, o se adhieren a ellos, sin materializar compromisos.

Segundo, movimientos con causas idénticas (o igualmente nobles) compiten entre sí; considere, por ejemplo, que en el 2017 Colombia habrá recibido dos asambleas internacionales de jóvenes, en la que cada una se anuncia como ‘la más importante del mundo’: Aiesec (julio) y One Young World (octubre). Esa vanidad resulta tan fútil como sus logros.

Contrasta con el liderazgo invisible de quienes en silencio realizan una labor encomiable y persistente, como las madres (heroínas cuya contribución recibe ingrato reconocimiento económico y social). Apelo a esta referencia, porque la desacertada reacción de muchas mujeres ha sido conquistar los ámbitos corporativo y político, adoptando estilos de liderazgo tradicional (masculino).

Pero, el fin no justifica los medios; de hecho el listado de la revista Forbes, ‘100 mujeres más poderosas del mundo’, destaca como modelos a Marissa Mayer (de errática gestión con las ingenieras de Yahoo) y varias dirigentes de grandes empresas con escándalos de igual tamaño; Bachelet y Merkel, aferradas a un poder infructuoso; Yellen y Lagarde, símbolos de arrogancia y egoísmo, que impiden reformas estructurales. Esto presume conflictos de interés en la participación y representación. En Colombia, aunque parezca atípico, 55 por ciento de los cargos directivos es ocupado por mujeres, registrando la segunda mayor proporción del mundo (‘La mujer en la gestión empresarial’, OIT/2017.
No obstante, persisten la exclusión e inequidad de género, y el desbalance familia-trabajo. Preocupa, entonces, que esa mayoría sea indiferente, sumisa o trivializada ante su realidad (y la de su género).

Por demás, la promoción de la mujer debe trascender la imposición de cuotas, cuyo umbral en Colombia representa 30 por ciento de los cargos directivos públicos (Alemania, recientemente aprobó idéntica proporción para las juntas directivas, y los sindicatos siguen en mora); su reivindicación no debe limitarse a cumplir tales medidas, cosificadas como las de reinados, pues sus virtudes y méritos están demostrados. La resolución de problemas globales demanda que compartamos y complementemos propósitos, destrezas, esfuerzos y logros/reconocimientos. Restauremos, cultivemos y preservemos el genuino liderazgo femenino, para que no se confunda con feminismo y tampoco se mimetice en el machismo, enfoques insensibles que solo dejan confrontación, desprotección y crisis.

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