Germán Umaña Mendoza
columnista

‘Olivos y aceitunos: todos son unos’

Los extremos del péndulo en la mezcla entre ideología, política y corrupción, conducen a eliminar la posibilidad de un desarrollo sostenible.

Germán Umaña Mendoza
POR:
Germán Umaña Mendoza
septiembre 13 de 2017
2017-09-13 08:55 p.m.
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La ideología y la política, unidas, son capaces de apartar a las sociedades y las naciones del camino al desarrollo. Nada más trágico para un país que caer en las garras de las extremas (derecha o izquierda), puesto que reemplazan la lógica y la razón por argumentos habitualmente fundamentalistas, sin respaldo en la realidad y con axiomas que es imposible controvertir, a riesgo de caer en la desgracia y el olvido, en el mejor de los casos o, en su defecto, sujeto de persecución, cárcel, desaparición o asesinato.

Generalmente, esas extremas, una vez en los gobiernos, adquieren un poder inconmensurable que los lleva a perder de vista cualquier límite: “El poder corrompe, pero el poder absoluto, corrompe absolutamente”. “Olivos y aceitunos, todos son unos”, esa unión perversa entre ideología, control político y corrupción, simplemente conduce al empobrecimiento, la degradación de los valores fundamentales de la convivencia civilizada y la destrucción de los aparatos productivos y el tejido social.

Por supuesto, también se pierde la posibilidad de la existencia de una democracia caracterizada por el equilibrio de los poderes públicos y de los pesos y contrapesos que ello genera, para evitar los excesos de la autocracia. Todo lo anterior se manifiesta en lo que podría denominarse la ‘estupidez económica’, en al cual lo evidente es reemplazado por el discurso ideológico, que rápidamente se estrella con la realidad de los hechos.

El recetario del populismo y de los extremos es el mismo en los diferentes casos, las consecuencias también: cuando los ingresos son mayores que los egresos, se gasta sin control y se imponen los subsidios, en unos casos, dirigidos a combatir la pobreza (misiones de vivienda o familias en acción), o, en otros, directamente a los más ricos en sectores productivos con poder gremial y político (fondos parafiscales) o, simplemente, entregando la recolección de recursos del Estado a elefantes blancos y ricos como las cámaras de comercio o las cajas de compensación.

Cuando los fondos empiezan a ser insuficientes o porque los precios de los commodities bajan (Colombia y Venezuela), o disminuye la actividad económica en su conjunto, o, ya no existen los recursos excedentes del Estado, se venden y privatizan los activos más rentables o se recurre al endeudamiento externo o interno.

Y, como se viene la crisis, hay que aplicar el recetario por parte de los gobiernos futuros para que paguen las generaciones venideras: política monetaria restrictiva (menos circulante y mayor encaje bancario), política cambiaria sujeta al comportamiento de los mercados internacionales, reformas tributarias para tratar de equilibrar los déficits fiscales, aumento del porcentaje de los ingresos del Estado para cumplir con los compromisos del mayor endeudamiento, disminución de los recursos para el cumplimiento de derechos fundamentales en, por ejemplo, salud, educación, cultura, etc.

La magnitud de los ajustes estructurales y su orientación depende del poder de las protestas sociales o del fortalecimiento de las ‘democraduras’. Los extremos del péndulo en esa mezcla perversa entre ideología, política y corrupción, conducen siempre a eliminar la posibilidad de un círculo virtuoso de desarrollo sostenible. Y, lo deprimente, cuando se hacen los ajustes, muchas veces terminamos hipotecando las naciones al capital financiero transnacional, los especuladores pescan en río revuelto y la población se ajusta el cinturón hasta perder, incluso, la esperanza.

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