Germán Vargas G.
columnista

Corrupción: productividad vs. compensación

El sesgo hacia los incentivos económicos desconoce el concepto de rendimientos decrecientes.

Germán Vargas G.
POR:
Germán Vargas G.
marzo 13 de 2017
2017-03-13 08:04 p.m.
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Un reconocido principio gerencial integra ciclos de medición y mejoramiento; una espiral de perfectibilidad en torno a la productividad, que está condicionada por la corrupción de los esquemas de compensación, y la distorsión inducida por los abusos de modernidad.

La tendencia a premiar resultados, ofreciendo bonificaciones o incrementos salariales asimétricos, impuso la moda ejecutiva en la era moderna, aunque fue ideada para estimular el incremento en la productividad laboral durante la Revolución Industrial, cuando los operarios competían con las máquinas, trabajando a destajo, in situ, en jornadas de 98 horas semanales (14h*7d).

Transitando hacia la cuarta revolución industrial, ahora la semana laboral legal promedia, nominalmente, 48 horas semanales (8h*6d). En teoría, esa reducción es consecuencia del incremento en la productividad y permitía reivindicar el descanso como factor de bienestar y productividad. Sin embargo, la Productividad Total de los Factores en EE. UU.

se redujo desde registros de 3,4%, a mediados del siglo pasado, hasta tasas negativas o nulas en años recientes, y en el 2016 la productividad laboral registró el periodo de contracción más extenso desde 1979, aunque ostente privilegiada posición en el componente ‘compensación y productividad’ del Reporte de Competitividad Global.

Derivado de lo anterior, los salarios (ajustados por inflación) se han contraído desde la crisis del petróleo en 1973. Esa tendencia posicionó las bonificaciones por eficiencia, aunque el diseño de los indicadores que las justifican confunde gestión (trabajo ordinario cuya remuneración está garantizada a priori) e impacto (largo plazo), exponiendo a la sociedad a riesgo moral (pay without performance), según los actuales premios nobel de economía, Hart & Holmström, quienes apremian el uso de estímulos diferentes al dinero.

Contribuyendo a entender (y resolver) estos fenómenos, la Paradoja de Solow cuestionó, décadas atrás, el significado de la palabra ‘productividad’ y desafió la lógica con la que se mide. Aunque la tecnología es condición necesaria para reducir costos y liberar tiempo (dedicado a tareas mecánicas), es insuficiente para trabajar diferente (y/o mejor).

Convengamos que es usual el desaprovechamiento de muchas innovaciones dedicadas a actividades básicas y retrabajo, que reducen su valor de uso. Por otra parte, el sesgo hacia los incentivos económicos desconoce el concepto de rendimientos decrecientes, e ignora el cambio en las preferencias de las nuevas generaciones hacia el balance vida-trabajo. Por esto, resulta absurdo que los consultores en remuneración y los cazatalentos continúen ponderando laptops y smartphones como beneficios, pues son herramientas de trabajo, vinculantes 24h*365d.

Francia aprobó el Derecho a la Desconexión, para controlar los alcances y efectos de la cibercultura laboral. Propongo humanizar más la gestión humana, y aterrizar las insostenibles expectativas de optimizar la productividad a perpetuidad, pues son incompatibles con diversas restricciones de naturaleza organizacional.

Germán E. Vargas Guerrero
Catedrático
german.vargas@uniandes.edu.co

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