Gilberto Caicedo Gardeazábal

¿Cuál traición a Uribe?

Gilberto Caicedo Gardeazábal
POR:
Gilberto Caicedo Gardeazábal
septiembre 25 de 2013
2013-09-25 03:56 a.m.
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En su columna ‘Historia de una traición’, María Jimena Duzán describe las más recientes y visibles muestras de clientelismo y deslealtad política que ha tenido que aguantar el país por cuenta de nuestra clase dirigente, ya que en los cientos de ejemplos de traición que contaminan la historia política colombiana, muchos caudillos han convertido la deslealtad en una supuesta virtud, incluso para presentarla cínicamente como muestra de valentía y patriotismo.

No hace mucho fuimos testigos de cómo la lealtad política que todo líder debe guardar a sus propios partidos fue pisoteada, durante el escandaloso clientelismo burocrático que estimuló ese uribismo que, en últimas, se convirtió en el manzanillo letal para los partidos tradicionales. Si bien se abonan las tímidas intenciones que, desde el Gobierno, buscan revitalizar al liberalismo, el Partido Conservador continúa confundido ante la nueva realidad política que afronta, e inerme como consecuencia de sus propios errores. Actualmente, está impedido para presentar un candidato propio para el periodo presidencial que se avecina, a fin de ofrecer la primera muestra de coherencia política de los últimos años.

En el justo reclamo que hace la sociedad ante la crisis de valores y falta de ideología filosófica en la política, Álvaro Uribe, hábilmente, ha querido enrostrar una supuesta traición del presidente Santos, tergiversando, para el efecto, el verdadero concepto de lealtad, y muy a pesar de que todo jefe de Estado está obligado a abandonar las influencias que comprometan esos principios éticos circunscritos a la lealtad y fidelidad que debe guardar, pero a sus gobernados.

La alevosa insistencia de Uribe en insinuarse como autoridad sobre Santos, incluso con los airados reclamos por la conformación del primer gabinete, deja en evidencia el ultraje abusivo que comete en contra de la figura presidencial, y, máxime, cuando la lealtad del Presidente de la República no puede ser reclamada por nadie, ni siquiera por un expresidente al cual la institucionalidad democrática le recuerda que ya fue apartado del ejercicio del poder.

Traición no ha existido en la medida que Santos nunca se comprometió con Uribe a quebrantar su propia autodeterminación en procura de las responsabilidades que asumiría como jefe de Estado, ni mucho menos cuando demuestra, con suficiencia, lealtad a los pilares políticos que recogió de su antecesor y que defendió en su campaña.

Si bien el respeto universal a la figura que personifica el Presidente no es excluyente de una necesaria, pero respetuosa crítica pública, y de un inevitable, pero tolerante debate al diseño y ejecución de las políticas de Estado, el hecho de pretender que Santos se subordine a los dictados de un ciudadano representa, al mejor estilo de la mafia, el desprecio absoluto a la legitimidad de la institución presidencial, la cual está basada en la libre determinación y en ese principio de discrecionalidad sometido a la autonomía e independencia.

Gilberto Caicedo Gardeazábal

Consultor corporativo

 consulting@caicedoasociados.com

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