Gonzalo Gallo González
columnista

La enfermedad como maestra

Eres sabio si tomas conciencia con buenos interrogantes y haces cambios. Aprende con amor, no con dolor; con sabiduría, no con ignorancia.

Gonzalo Gallo González
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Gonzalo Gallo González
octubre 26 de 2017
2017-10-26 10:57 p.m.
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Cuando el cuerpo se enferma es el alma la que está pidiendo auxilio y reclama tu atención. La enfermedad es una mensajera y una amiga, no una adversaria. Libros como Obedece a tu cuerpo, de Lise Bourbeau, describen bien cómo se origina una enfermedad y las emociones y conductas que las crean.

Algo similar se lee en ‘La enfermedad como camino’, un estudio alemán de hace años, que, asumiéndolo con sentido crítico, conserva su vigencia. Profundiza esto, escucha tu cuerpo, cuídalo y ámalo en lugar de culpar a Dios por estar enfermo. Un buen médico atiende más que un organismo y sabe que somatizamos en el cuerpo los vacíos del espíritu, la mente y lo emocional. Ojalá los médicos racionales abran su mente y acepten que sus pacientes son mucho más que huesos, músculos, glándulas, sangre y nervios. Toda enfermedad llega con un propósito terapéutico de cambio y sanación interior, llega para despertar conciencias aletargadas. La enfermedad es una buena amiga que, con el dolor como maestro, convoca a un despertar, a un cambio positivo.

Esa y no otra es la razón de ser de una enfermedad: viene a sacudirte para que evoluciones y te pulas espiritualmente. Por eso hay enfermos que antes eran herméticos o rebeldes y ahora son seres de paz y vibran en el verdadero amor. La enfermedad te quebranta y, si la asumes bien, te deja valiosos regalos como desapego, perdón, aceptación y humildad. Estas últimas actitudes piden que dependas de otros para que te atiendan y cuiden. Es duro si has sido autónomo y siempre has querido hacer las cosas por ti mismo con un ego poco humilde. Entonces, la maestra enfermedad te dice: deja el orgullo y acepta que te alimenten, te bañen y te vistan.

Cuentan, que una persona muy racional fue donde un sabio y, entre otras cosas, le dijo que le dolía mucho la cabeza. El sabio lo escuchó y le dijo: “Te duele allí porque eso es lo que eres: una cabeza que razona sin cesar. ¿Dónde se te extraviaron el alma y el corazón? ¿Qué pasa con tus sentimientos, tus emociones y tu capacidad de trascender? Todo lo quieres desmenuzar con una mente fría y para ti solo vale lo que es lógico y científico”.

Hay preguntas que te ayudan a captar el mensaje, a veces enigmático o latente de una enfermedad y, si te las haces, vas más allá de lo aparente y no te limitas a erradicar los síntomas sin ir a las raíces del malestar. Si sufres de los ojos pregúntate: ¿qué o a quién no quiero ver? Si sufres de los oídos: ¿qué o a quién no quiero escuchar? Si sufres de estreñimiento: ¿a qué o a quién estoy apegado? Si el mal es digestivo: ¿qué o a quién no me trago o ni digiero? Si te fracturas: ¿qué debo hacer para ser más flexible y menos rígido? Si un mal te inmoviliza: ¿por qué corro o me muevo sin parar? ¿Qué voy a cambiar para dejar una vida de vértigo y vivir con un ritmo más sereno? Sócrates enseñaba haciendo preguntas, y tú eres sabio si tomas conciencia con buenos interrogantes y haces cambios. Aprende con amor, no con dolor; con sabiduría, no con ignorancia.

Hay verdades ya comprobadas. Por ejemplo, que un cáncer en el seno derecho habitualmente tiene que ver con algo no resuelto en relación con lo masculino, y que un tumor en el izquierdo desnuda vacíos o problemas con lo femenino. Algo valioso que aprender en este mes dedicado a prevenir el cáncer de seno.

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