Gonzalo Gallo González

Empresas familiares

Gonzalo Gallo González
Opinión
POR:
Gonzalo Gallo González
mayo 22 de 2015
2015-05-22 05:13 a.m.
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Un titular en la revista Semana decía: ‘La guerra al interior de la familia banquera más importante de Europa’. Y ampliaba así la noticia: “la familia de banqueros más reputada de Europa se desangra en una lucha por el uso de su legendario apellido: Rothschild. Ese apellido es la causa de la guerra que ha estallado entre dos descendientes. Benjamín acaba de citar formalmente a su primo David ante el tribunal de París, acusado de romper este acuerdo familiar: ningún miembro de la casta puede utilizar el apellido para denominar una compañía”.

Otra noticia del mismo día hablaba de la fricción en el clan Porsche-Piech de los descendientes del creador del VW Beetle, Ferdinand Porsche. La súbita renuncia de Ferdinand Piech a la presidencia de Volkswagen AG reveló un serio desacuerdo entre el clan que controla al fabricante de automóviles. Wolfgang Porsche, de 71 años, presidente de la holding familiar se opuso a la iniciativa de su primo Ferdinand Piech para destituir al máximo responsable ejecutivo, Martin Winterkorn.

Las familias que actúan con inteligencia emocional, y no solo financiera, llegan a acuerdos familiares y los respetan. Las otras se desgastan en batallas estériles que, usando una frase del Grupo Maná, dejan muchos “corazones espinados”, rayados o partidos. Es deplorable ver cómo padres e hijos pelean sin pudor ni ética, o cómo los hermanos o los primos se atacan como enemigos. Entonces, es fácil conocer el triste final de esa serie con más intrigas y desatinos que Juego de Tronos (en la segunda o tercera generación, una poderosa empresa se borra como un río que se seca o como las nubes con las que el viento juega, y la familia se destroza). Según los estudios, la mayoría de las compañías familiares no supera la tercera generación o la cuarta. ¿Por qué? Por una razón básica: las personas son millonarias en ego y bien pobres en humildad. Por eso dijo un sabio: el ego, o sea el yo soberbio, nos mete en los problemas y ese mismo nos mantiene en ellos.

El experto japonés Kenichi Omae afirmaba una vez que para subsistir y crecer hacen falta cuatro valores o cualidades, cada día más necesarios en un mundo tan cambiante y competitivo: adaptabilidad, creatividad, flexibilidad y humildad. Todas ellas salen en desbandada cuando el ego impone sus condiciones y las personas se dejan cegar por odios, rencores, orgullo y dureza de corazón. Entonces, nadie cede y todos pierden.

Dibuje usted tres barcos en el mar. El primero tiene ya hundida la popa y la mitad del navío está dentro del agua. El segundo está igual, pero se hunde por la proa. El tercero avanza sereno como debe ser. Los dos primeros barcos llevan estos letreros: ‘familia’ a la derecha, ‘empresa’ a la izquierda. Es claro: sin acuerdos, la familia acaba con la empresa o esta acaba con la familia. Por darle importancia a un lado, se hunde el otro. Uno espera que las personas actúen con sensatez y no dejen a sus hijos una herencia de odios y desvaríos. Lo ideal es que no se cumpla lo que reza un viejo proverbio: ‘abuelo bodeguero, hijo tabernero, nieto pordiosero’.

Seis palabras que desnudan el sino de las familias con mucho dinero y poco amor.

Gonzalo Gallo González

Escritor - Conferencista

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