Gonzalo Palau Rivas

Acotaciones sobre el vil metal

Gonzalo Palau Rivas
Opinión
POR:
Gonzalo Palau Rivas
junio 23 de 2015
2015-06-23 02:06 a.m.
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Al 30 de mayo pasado, según estadísticas oficiales del Banco de la República, la cantidad de dinero en Colombia (M1) ascendía a $85,5 billones. Como quien dice, cada colombiano mayor de edad disponía de casi $3 millones para gastárselos a su mejor conveniencia. Promedio incuestionable, desde el punto de vista matemático, pero como siempre, engañoso con respecto a su real distribución.

Dado que el dinero es el instrumento indispensable para adquirir el PIB, ¿cómo es posible que una suma relativamente pequeña ($85 billones) pueda ser suficiente para adquirir una canasta de bienes y servicios, cuyo valor supera los 800 billones, o sea, casi diez veces más? La respuesta es sencilla: cuando una persona compra, por ejemplo una almojábana, entrega al proveedor un billete de mil pesos y al consumir el producto este desaparece física y materialmente. Por el contrario, el vendedor que recibe el billete, lo único que no hace –salvo en una situación de absoluta esquizofrenia– es destruirlo. Lo conserva para volverlo a utilizar como medio de pago para adquirir otro bien o servicio.

Esto es lo que la teoría económica define y analiza como la velocidad o rotación del dinero. Esta relación no la fija ni el Banco Central, ni el Consejo de Estado en una eventual y desacertada injerencia en temas económicos (ver Isagen), ni obedece a una decisión tomada por un juez promiscuo en función de alguna tutela interpuesta por un ciudadano despistado. Es el resultado o combinación –aquí y en Cafarnaún– de factores de comportamiento colectivo de la sociedad respectiva, como preferencia por mantener liquidez, expectativas de inflación, periodicidad de los pagos a los factores de la producción, entre otros.

Volviendo a la información inicial, vale la pena señalar que la economía colombiana goza o padece de una atipicidad en cuanto a los componentes de la cantidad de dinero en circulación. De los $85,5 billones, 42 están físicamente en billetes y monedas de distintas denominaciones, y 43 billones depositados en los ‘odiosos’ bancos comerciales. En los países donde no existe el impuesto a las transacciones financieras y, supuestamente, no hay tanta presencia de actividades ilícitas, que mueven grandísimas cantidades en efectivo, la relación entre dinero bancario y efectivo es de dos a uno, o incluso más. De hecho, así era también en nuestro país hasta septiembre de 1999, cuando vio la luz el fatídico impuesto, muy duro de roer y de morir.

Algún lector inquieto preguntará ¿de dónde sale la cantidad de dinero? ¿Por qué 85 (billones) y no 70 o 320? La respuesta es sencilla: no es una cifra casual o caprichosa ni tampoco dictada por algún estamento del ámbito jurídico. El dinero aumenta (disminuye) cuando en su sabiduría un banco central decide hacer una de dos cosas: prestarles a los bancos y /o comprar activos como dólares o lingotes de oro. Lo que emite el banco central por estas causales se multiplica a su vez ‘ene’ veces, cuando los bancos otorgan préstamos a los agentes económicos, sin quitarles un peso a los depositantes originales.

Lo del dinero, así como es sencillo y espontáneo, tiene muchas más implicaciones, que por limitaciones de espacio no se abordan exhaustivamente. Recordemos que Santo Tomás, como filósofo, no como economista, lo definió como el “estiércol” del demonio.

Gonzalo Palau Rivas

Profesor de la Universidad del Rosario

gpalau@cable.net.co

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