Gonzalo Palau Rivas

Asombrosa vivencia en la capital

Gonzalo Palau Rivas
Opinión
POR:
Gonzalo Palau Rivas
septiembre 21 de 2014
2014-09-21 08:39 p.m.
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Hace un par de semanas fui testigo ‘cuasipresencial’ de un inusitado evento que aparentemente sucede y acontece todos los días en nuestra vilipendiada capital de la República. Una pareja de esposos de origen francés, que por razones laborales habían vivido en Colombia en la peor época de nuestra historia reciente (los ochenta), después de muchos años de ausencia retornaron a nuestro país con motivo del casamiento de su hija menor.

Sea lo primero destacar que ceremonia y festín tuvieron lugar en la cálida y amable Villa de Leyva. De todos los lugares del mundo conocidos y visitados en su larga trayectoria laboral, ellos como anfitriones escogieron justamente este municipio histórico del departamento de Boyacá.

 

Como si esto no fuese ya suficientemente llamativo y reconfortante para el fervor patrio, dos días antes de regresar a su patria e instalados en Bogotá me comentaron, con inmensa dosis de regocijo, que habían transcurrido una larga jornada (de diez de la mañana a cuatro de la tarde, más exactamente) montando en bicicleta. Importante precisar que el protagonista de esta historia hoy acumula sesenta y ocho años de edad y su digna esposa dos abriles menos.

Con este marco de referencia y al escuchar el comentario de la aventura ciclística, yo simplemente atiné a pensar que algún amigo con conexiones en algún club social de primer nivel, les había tramitado el respectivo ingreso para hacer ejercicio, pero en bicicletas estáticas disponibles en recintos cerrados, lejos de los peligros que a los visitantes externos ofrece nuestro país y muy especialmente la capital de la República.

¡Vana presunción! La verdad verdadera es que ellos dos, junto con otro grupo de turistas extranjeros, por espacio de seis horas se dieron el lujo de transitar por Bogotá en bicicletas comunes y silvestres, recorriendo lugares y barrios de la ciudad que la gran mayoría de los habitantes –especialmente los residentes de la 72 hacia el norte- no conocen o consideran abiertamente peligrosos–.

De acuerdo con el relato pormenorizado de ‘nuestro héroe’, la aventura comenzó con un periplo por el sector de Las Aguas para luego desplazarse a observar y apreciar los monumentos de la histórica Candelaria; de aquí tomaron rumbo hacia el occidente de la capital, lo que les permitió conocer ciertas peculiaridades del barrio ‘Rojo’ o barrio Santa Fe, donde supone uno que solo hicieron un acto de presencia fugaz. De este sector bajaron por la Calle 19, hoy Avenida Ciudad de Lima (¡qué pena con la capital del Perú!) para ingresar al mercado de Paloquemao con el fin de degustar un suculento almuerzo típico de la zona.

Para digerir el almuerzo, nada mejor que tomar la Avenida 26 –de ingrata recordación por el desfalco de los Nule, pero hoy en día en pleno funcionamiento a los ojos de los turistas– y así poder recorrer tranquila y placenteramente las instalaciones de la Universidad Nacional, territorio vedado en otras épocas hasta para el ingreso de jefes de Estado y visitantes ilustres.

Como era de esperarse, no faltó una breve pausa para rendir homenaje a la efigie del Che Guevara.
Después de semejante recorrido y dado lo avanzado de la hora, la gesta turístico-deportiva terminó exitosamente en las inmediaciones del Centro Andino. ¡Había que subir el promedio!

Todavía no me recupero del impacto de saber que esto ocurre no esporádicamente, sino todos los días en la vilipendiada Petrópolis de Colombia.

 

Gonzalo Palau Rivas
Profesor, Universidad del Rosario
gonzalo.palau@urosario.edu.co 

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