Gonzalo Palau Rivas
columnista

Bogotá, caótica, pero barata

Gonzalo Palau Rivas
Opinión
POR:
Gonzalo Palau Rivas
julio 11 de 2016
2016-07-11 09:13 p.m.
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Datos publicados recientemente (informe Mercier), indican que la capital de Colombia cayó 42 puestos en el ranking internacional de ciudades más costosas en el mundo. Del puesto 148 descendimos estrepitosamente al 190. Lo interesante es que pocas veces una caída en una clasificación internacional debe ser vista y analizada como un factor positivo. Sin embargo, es igualmente pertinente aclarar y reseñar que este positivo retroceso no se debe a una real disminución en el costo de bienes y servicios que una familia promedio tiene que adquirir para garantizar su subsistencia. Por el contrario, no solo en Bogotá, sino en todo el territorio nacional estamos viviendo el fenómeno inflacionario (carestía) más intenso en lo corrido del siglo XXI.

Paradójicamente, el suceso de encarecimiento no se ve reflejado en los rankings internacionales, pues para poder hacer comparaciones entre países es forzoso hacer la conversión de las cifras a una moneda única, normalmente el dólar. Como el peso en los últimos dos años y medio ha sufrido una fuerte desvalorización frente al dólar, es inevitable que al hacer la conversión de precios o costos internos de pesos a dólares, se registre estadísticamente una fuerte caída, así para los extranjeros –no para los residentes en Sindamanoy o Mandalay– Bogotá aparezca como una de las urbes más baratas del mundo.

Lo que estamos observando ahora no es más que la reversión del proceso que se dio por espacio de 10 años (2003-2013), cuando en función de una fuerte y disparatada revaluación del peso, la tasa de cambio cayó a niveles de 1.800 pesos. En ese lapso de tiempo, nuestra capital ostentó el ‘honroso’ privilegio de figurar entre las 10 metrópolis con el mayor el costo de vida, en términos relativos. Esto no ocurrió por una inflación interna desbordada, al mejor estilo venezolano, sino porque los extranjeros que vinieran a nuestro país tenían que traer y convertir más dólares para obtener los mismos pesos para poder adquirir la llamada ‘canasta familiar’.

Decimos revaluación disparatada, entre el 2003 y el 2013 la inflación interna acumulada fue aproximadamente del 50 por ciento, en tanto que la inflación interna de Estados Unidos, en el mismo lapso, no llegó al 20 por ciento. Lo lógico, y lo que enseña la teoría económica, es que nuestra tasa de cambio –coloquialmente conocida como TRM– ha debido moverse (incrementarse) en una proporción similar a ese diferencial entre las dos inflaciones reseñadas.

La bonanza minero-energética, más el coletazo de la convulsión ocurrida en los mercados financieros del primer mundo, produjeron el resultado (revaluación) contrario a lo que sensatamente era de esperarse. Con la corrección en el rumbo de la TRM en los últimos dos años y medio (de 1.800 a más de 3.000), ese desbalance ha, prácticamente, desaparecido, y, en teoría, hoy somos financieramente muy atractivos para inversionistas y turistas del exterior.

Como no hay felicidad completa, desafortunadamente el fuerte periodo de revaluación coincidió, en términos generales, con el gobierno de tres administraciones de una organización política que dejó a nuestra capital en una situación –por decir lo menos– lamentable, y ahora lo atractivo por menor costo para los de afuera puede terminar siendo mera quimera y vana ilusión. Para la muestra un botón: lo que se ha venido a conocer acerca del Festival Internacional de Teatro.

Gonzalo Palau Rivas
Economista
gpalau@cable.net.co

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