Gonzalo Palau Rivas
Gonzalo Palau Rivas

Curiosidades de la canasta familiar

Las estadísticas deben ser correctamente interpretadas para no llegar a conclusiones erróneas.

Gonzalo Palau Rivas
Opinión
POR:
Gonzalo Palau Rivas
julio 24 de 2016
2016-07-24 07:41 p.m.
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Pertinente y oportuna la noticia conocida en estos días según la cual el Dane tiene previsto actualizar la composición de la canasta familiar, cuya evolución monitorea mes a mes con el fin de determinar el comportamiento de la inflación, entendida esta como el aumento persistente en los precios de los principales bienes y servicios que una familia promedio requiere y desea adquirir para su sostenimiento y bienestar.

Actualmente, en la llamada canasta familiar están incluidos 181 productos que, contrario a lo que muchas personas del común piensan, no se reducen únicamente a los alimentos de primera necesidad.

Consultando la fuente oficial, se observa que dicha canasta familiar abarca nueve categorías de bienes y servicios con sus respectivas ponderaciones para llegar al resultado final.

Dichas categorías con su participación porcentual sobre el total son: vivienda, 30,1 por ciento; alimentos, 28,2; transporte, 15,2; otros, 6,3; educación, 5,7; vestuario, 5,2; comunicaciones, 3,7; diversión, 3,1, y salud, 2,4.

La labor para el ente oficial ahora es verificar dos aspectos: la aparición (o desaparición) de algunos, o muchos, de los productos incluidos en cada categoría, dado que con el vertiginoso acontecer en materia de tecnología, los hábitos de consumo del común de la gente –más allá de su nivel de ingreso– están sujetos a drásticos y repentinos cambios.

Sería, igualmente, deseable conocer un poco más el desglose del rubro identificado como ‘otros gastos’, pues ocupa (al mejor estilo de Nairo) un no despreciable cuarto lugar en las preferencias del consumidor colombiano.

Hay que precisar, también, que el Dane hace juiciosamente la tarea de diferenciar entre aumentos en el costo de vida para la población de ingresos medios como para la de ingresos bajos. Es así como para esta última categoría, el mayor porcentaje está en alimentos, pero esto no puede dar lugar a que un observador despistado concluya que los de menor ingreso consumen más alimentos que los de ingreso superior.

Lo que ocurre es que los más pobres, o menos ricos, tienen que destinar una mayor tajada de su ingreso corriente a comprar alimentos para subsistir, sacrificando otros rubros importantes como educación o diversión.

De la misma forma, los consumidores de ingreso superior, destinan un porcentaje más alto al rubro salud, no porque necesariamente se enfermen más, sino porque tienen el privilegio (¿) de acceder a los servicios de la medicina prepagada.

Estos son solo dos ejemplos sencillos de cómo las estadísticas, además de tener que ser bien elaboradas, deben ser correctamente interpretadas para no llegar a conclusiones erróneas.

Aunque el Dane mide el IPC también por ciudades, las grandes diferencias de clima y costumbres que a nivel regional hay en nuestro país, sí que presentan enormes dificultades para un acertado análisis.

Es evidente, a todas luces, que los habitantes de la zona montañosa del páramo de las Papas requieren de abundante indumentaria para protegerse del frío reinante en dicha zona. Por el contrario, los que residen en una población como Taganga, les basta con comprar una sola tanga cada cinco años.

Si en Bogotá se cumpliese la utopía del Alcalde de transportarnos a todos y todas, siempre, en bicicleta, el rubro transporte se vendría al piso.

Sobre el plebiscito: si la Corte lo aprobó por siete votos a dos, es de esperar que la votación final sea de siete millones por el Sí y dos millones por el No.

Economista
gpalau@cable.net.co

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