Gonzalo Palau Rivas

La triste historia de las crisis financieras

Gonzalo Palau Rivas
Opinión
POR:
Gonzalo Palau Rivas
septiembre 07 de 2014
2014-09-07 10:28 p.m.
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“La historia es una sucesión de hechos lamentables que nunca han debido ocurrir”. Esta fue la cita que el ilustre jurisconsulto Sergio Rodríguez Azuero citó (valga la redundancia) en días pasados en la Universidad del Rosario, con motivo del lanzamiento del programa de especialización en Derecho Financiero.

Tal definición de historia -entendida esta como el devenir de una serie de acontecimientos desafortunados a través del tiempo- fue pronunciada por primera vez por Konrad Adenauer, el gran líder y artífice de la reconstrucción de Alemania después de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial.

La referencia o alusión a esta sencilla, pero profunda definición viene como anillo al dedo cuando de analizar se trata el origen y evolución de las recurrentes crisis financieras a nivel internacional o local. Cada vez que ocurre una crisis de estas, el diagnóstico inevitable tiene que ver con la ausencia de mecanismos que de haber existido, habrían evitado su ocurrencia. Lo preocupante es que cuando se introducen esos mecanismos de prevención, se presentan situaciones novedosas que hacen ineficaces los correctivos introducidos.

Así, por ejemplo, Juan Camilo Restrepo explicó en este evento cómo la crisis financiera de principios de los años 80, que se llevó por delante entidades financieras como el Banco Nacional, el Banco del Estado (ambos de capital privado a pesar de su denominación) e incluso el poderosísimo Banco de Colombia, finalmente rescatado con dineros de los contribuyentes, sirvió para regular o mejor para restringir el mercado extrabancario a través del Decreto 2920 y para decretar la creación de Fogafin o seguro de depósitos, diseñado para garantizar, hasta cierto punto, los ahorros del público.

Sin embargo, estas medidas no fueron suficientes para evitar que a finales de los 90, nuevamente importantes entidades financieras entrasen en crisis, como Granahorrar, Banco Pacífico y Banco Andino, amén de la gran mayoría de las vinculadas al sector cooperativo. Algunas de ellas fueron rescatadas, mientras otras solo se dejaron morir con base en el discutido y discutible criterio de que lo fundamental es el tamaño del problema y sus posibles consecuencias.

Cuando se suponía que el sector bancario ya estaba totalmente cubierto y protegido surgieron las pirámides o captadoras piratas, cuya desproporcionada presencia en el mercado solo se explica por la falta de educación financiera del público en general, pero muy seguramente también por graves deficiencias en la calidad del servicio prestado por los intermediarios autorizados y vigilados.

Desmontados con mucho esfuerzo y a un alto costo estos actores ilegales, explota la crisis en el seno de la sociedad comisionista de bolsa más grande y admirada, al punto de que su máxima cabeza visible -hoy privado de la libertad y autor confeso de una cantidad de transgresiones a la ley- fue invitado a Wall Street para dar el martillazo inicial de una de las sesiones bursátiles del Vaticano del capitalismo financiero.

Definitivamente, entre más se avanza en regulación más puede la malicia humana para diseñar mecanismos que se pasan por la faja, ante la mirada complaciente de las autoridades, los reglamentos y las normas mal llamadas de carácter prudencial.

Lo de InterBolsa ocurrió bajo la vigilancia de la Superfinanciera (de carácter público), del AMV, como ente supuestamente autorregulador y de la mismísima Bolsa de Valores, que para no perder mercado o no vio o simplemente no quiso mirar para donde tocaba.

Gonzalo Palau Rivas
Profesor, Universidad del Rosario
gonzalo.palau@urosario.edu.co


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