Gustavo H. Cote Peña

Firmas contra la Constitución

Gustavo H. Cote Peña
Opinión
POR:
Gustavo H. Cote Peña
febrero 19 de 2016
2011-08-07 10:14 p.m.
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El acuerdo nacional logrado con la Constitución de 1991 se originó a partir de diversas ideologías políticas que dejaron sus convicciones partidistas, para ubicar por sobre ellas lo que denominó el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado como “lo fundamental”.

Los partidos Liberal, Conservador, ADM19 y otros, permitieron que se adoptara una ‘norma de normas’ que recogió un delineamiento para la organización del Estado colombiano a tono con la concepción democrática social de derecho, redefinió su razón de ser, fundamentos y objetivos, y puso por encima de todo el reconocimiento, garantía y protección especial de los derechos fundamentales y la dignidad del ser humano.

La Corte Constitucional, organismo creado en dicha Carta y que ejerce la guarda de su integridad y supremacía, ha venido ejerciendo su tarea institucional con lujo de detalles.

Su jurisprudencia es reconocida a nivel internacional como referencia obligada de protección real de la Constitución y de todos los preceptos en ella incluidos. Ejemplos de sus pronunciamientos lo constituyen: la Sentencia que permite el aborto en casos de riesgo para la vida de la madre, violación o malformación del feto, las sentencias que garantizan el carácter laico del Estado colombiano, las relacionadas con los derechos patrimoniales de las parejas homosexuales y con su unión para integrar una unidad familiar.

En los últimos meses, desde varios sectores de la sociedad, se ha expresado por algunos la intención de echar por tierra el terreno históricamente ganado para Colombia, con la Constitución hoy vigente y su desarrollo jurisprudencial, en beneficio del ser humano visto en forma integral y sin discriminación de ninguna clase.

Quienes expresan estos ataques pretenden recuperar aspectos que han sido relegados a lo largo y ancho del planeta, por haberse fundado en ideas que sacrificaban la dignidad del individuo.

El mundo no ha olvidado, entre otras cosas, que en virtud de los prejuicios y de la injerencia indebida de sus respetables creencias en el funcionamiento del Estado y de la sociedad, la mujer fue condenada por siglos a ser menos que una cosa, que no tenía siquiera el derecho a pensar, a educarse, ni a expresarse y actuar en forma similar a la de los hombres.

En nuestro país, sólo hasta 1957 pudo ejercer por primera vez el derecho a participar con su voto en las elecciones. Hoy por hoy, la mujer goza del respeto pleno a su condición de ser humano.

Frente al aborto se está impulsando la recolección de firmas con miras a prohibirlo, incluso en los 3 eventos mencionados.

Para ello se han alegado argumentos absurdos, como el referido a que en el caso de la violación falta es más control por parte del Estado para garantizar mayor seguridad y que, a pesar de la violación, una vez nacido el hijo podría regalarse. En esta clase de argumentos el lector podrá notar que nada importa para quienes los hacen, el dolor, la humillación y el irrespeto sufrido por la mujer agraviada.

Valdría la pena preguntar a estas personas qué pensarían en el evento de padecer en carne propia una situación similar: ¿si esta mujer fuera su madre o una hija, opinarían en igual forma?

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