La revolución que necesitamos

Gustavo Valdivieso
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Gustavo Valdivieso
abril 24 de 2014
2014-04-24 12:45 a.m.

Hay muchas formas de entender el concepto ‘revolución’, pero una particularmente útil la usó Henry Kissinger en Un mundo restaurado: una situación en la que las antiguas reglas de juego han dejado de estar vigentes.

Aplica al cambio tecnológico y a la diplomacia, igual que a las relaciones de poder sociales.

Hoy, Venezuela y Colombia están necesitando revoluciones, ambas de naturaleza política -referidas al poder sobre lo común-, pero diferentes en sus implicaciones.

Venezuela vive una rebelión contra la revolución que comenzó hace 15 años -el socialismo del siglo XXI- y que ha consistido esencialmente en que el grupo que llegó al poder en febrero de 1999 puede cambiar cualquier regla –de la economía, la educación, lo militar, las relaciones internacionales– a su antojo. Solo eso ha sido estable en el modelo que inauguró Chávez.

En Colombia, no hay ninguna rebelión en marcha ahora, fuera de las que se han prolongado por décadas. Pero sí existe un descontento generalizado con el sistema político que no favorece la inversión, la innovación y, por ello, el crecimiento a largo plazo. Por ahora, ese descontento se manifiesta en abstención, voto en blanco y paros.

Cuando escribimos estas líneas la rebelión venezolana aún no es una revolución, está estancada y muestra signos de agotamiento, precisamente por no ser revolucionaria frente a un régimen dispuesto a todo para mantenerse en el poder.

El esquema de ‘protestas’ que normalmente lograría cambios de un régimen democrático restringido en su acción por las leyes, resulta insuficiente frente a otro, tiránico en el sentido de Aristóteles, que no se siente constreñido por esas normas.

Si las cosas cambian, la única opción que no implique más violencia, dados los intereses creados en el modelo actual, será un cambio radical en la forma de administrar el país, con toma de decisiones mucho más consensuada que la que implica la democracia representativa convencional.

Es decir, una revolución política cuyo objetivo principal sea precisamente minimizar la violencia.

En Colombia, las necesidades son diferentes.

No se trata de frenar un régimen que gobierna sin restricciones, ignorando abiertamente los derechos políticos de medio país como en Venezuela, sino de reformar un sistema en que la representación no está operando.

Nos hemos acostumbrado a un nivel altísimo de violencia que, sin embargo, no se desborda.

Pero mientras los cambios tecnológicos y sociales se siguen unos a otros y nos adentramos en la turbulencia climática más grande de la historia humana, nuestras decisiones relevantes las sigue tomando un Ejecutivo que no encuentra en los partidos la representación de sectores sociales con los que consensuar, sino grupos de ‘barones’ con los que sobornar.

La primera revolución que necesita Venezuela es la que permita a los inconformes derrotar a la dictadura.

La segunda, es una necesidad común con Colombia: una que instaure un régimen político altamente inclusivo, que minimice la exclusión de sectores de las consideraciones decisionales y potencie de esa forma la toma de decisiones mejor informadas y más sostenibles. Un mundo más inestable requiere sociedades más cohesionadas y más inteligentes para enfrentarlo. La revolución que necesitamos es la que produzca ese tipo de sociedad entre nosotros. La alternativa es caos.

Gustavo Valdivieso

Profesor U. Externado

gustavovaldivieso@yahoo.com

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