Harry Adler
análisis

El efecto del aumento en los intereses sobre las acciones

A la luz de estos hechos, el aumento en las tasas, por sí solo, no es una razón suficiente para deshacer un buen portafolio.

Harry Adler
Opinión
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Harry Adler
octubre 17 de 2016
2016-10-17 04:05 p.m.
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No hay precedente en Estados Unidos de un periodo tan prolongado como en el que estamos envueltos, caracterizado por una tasa de referencia oficial cercana a cero. De hecho, y a pesar de repetidos intentos, en una sola ocasión, diciembre del 2015, pudo ser aumentada, y en solo 25 puntos básicos.

En una de sus excelentes notas periódicas, Ignoble Prizes and Appointments, de noviembre del 2013, el señor Jeremy Grantham, cofundador de la firma de inversiones GMO, atribuye gran parte de la responsabilidad a los principales directivos del banco central involucrados en el manejo de la crisis del 2007, Alan Greenspan, Ben Bernanke y Janet Yellen. Pero, independientemente de la interminable polémica sobre el cuándo y el cómo, en algún momento las tasas habrán de comenzar a subir.

¿Cuál va a ser el efecto sobre la renta variable?

De acuerdo con la teoría económica, y manteniendo las otras variables constantes, el valor presente de un flujo de caja va en contravía con las tasas de interés. En el caso de la renta fija, y aunque los diferentes tipos de bonos no responden en idéntica forma, ese efecto es muy claro: los mayores intereses que ofrecen los nuevos productos hacen que los antiguos se desvaloricen.

En cuanto a las acciones, el problema es que esas otras variables no permanecen constantes. Factores como inflación, tasas de cambio, ciclo económico, nivel de valorización, y sector al cual pertenecen, interactúan entre ellas, y agravado por el hecho que la política monetaria es la que viene alimentando, en buena parte, los precios, incluso en los sectores más defensivos.

Cuando se piensa en aumentos en las tasas de interés, lo primero que viene a la mente son los malos recuerdos de 1994, cuando la Reserva Federal salió al rescate, una vez más, del sistema financiero. En esa ocasión fue a las corporaciones de ahorro y vivienda, sumidas en una crisis debido a malas políticas de crédito.

En efecto, y en medio de varios años de política expansiva, procedió a aumentarlas sin ningún tipo de aviso, repitiendo la dosis en siete ocasiones durante el transcurso del año. Como era de esperarse, el efecto fue devastador para la renta fija.

Pero, curiosamente, la curva de intereses no se invirtió, ni se produjo una recesión, tal como suele ocurrir en esos casos. Y el daño para las acciones resultó muy limitado, con una caída de apenas 5,9 por ciento. Incluso, el año terminó con una pequeña subida, y esa gran marcha alcista continuó hasta el final de la década. Al respecto, existen estudios que han comprobado cómo, salvo un eventual golpe inicial, esas alzas no suelen constituir un impedimento para que los mercados de acciones prosigan un camino ascendente.

El señor Rob Brown, director de Inversiones de la firma United Capital, por ejemplo, identificó, en un estudio publicado en el 2013, los 30 periodos de 10 meses con las mayores alzas en las tasas de interés a partir de 1865. Encontró que el índice S&P 500 tuvo un rendimiento promedio de 7,9 por ciento durante esos periodos, con retornos positivos 80 por ciento de las veces. Al repetirlo a partir de 1919, sus resultados fueron aún más contundentes: durante los 16 periodos que identificó, el retorno promedio fue de 11,5 por ciento, con 81 por ciento de resultados positivos.

Y el analista financiero y reconocido bloguero, Ben Carlson, investigó el tema a partir de 1957, cuando el índice S&P 500 fue creado. Identificó 14 periodos en los cuales las tasas subieron y que oscilaron entre unos meses y cuatro años. Medido entre el inicio y el final de cada proceso, el retorno promedio fue de 9,6 por ciento, similar al retorno promedio del índice durante la totalidad del periodo (10,1 por ciento). Solo en dos ocasiones se produjeron retornos negativos. Claro que muy diferente es la situación en el corto plazo, cuando los mercados suelen reaccionar violentamente si las expectativas se incumplen.

En junio del 2013, por ejemplo, hacía un buen tiempo que los mercados andaban sorprendentemente calmados. Pero, inesperadamente, el señor Bernanke, presidente de la Reserva Federal en ese entonces, anunció una posible reducción en su política de estímulos, pensando mermar paulatinamente su compra de bonos.

El recuerdo está aún fresco de cómo las víctimas iniciales fueron los activos de los países emergentes, que vieron emigrar 14.000 millones de dólares de sus fondos de renta fija, y otro tanto en acciones. Se contagiaron muy pronto todos los mercados del mundo.

Terminó dejando las tasas intactas, la caída en las principales bolsas resultó pasajera, y ese año fue particularmente favorable para las acciones de Estados Unidos. Pero dio origen a lo que habría de quedar bautizado como taper tantrums, o pataletas causadas por amenazas de reducción de estímulos, que habrían de repetirse en mayo del 2015 y en septiembre de este año.

Hoy, nadie duda de que las tasas no deben elevarse muy rápido, ni llevarse a niveles demasiado altos. Además, que debe informarse con mayor transparencia. Pero no deja de ser paradójico que noticias relacionadas con una mejoría en el aspecto económico impliquen una mayor volatilidad, y hasta posibles fuertes caídas en el mercado de acciones.

A la luz de estos hechos, el aumento en las tasas, por sí solo, no es una razón suficiente para deshacer un buen portafolio. Como sí puede serlo un entorno en el cual los precios estén desbordados, y sin refugios en dónde pasar la tormenta.

Harry Adler
Asesor en inversiones internacionales.

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