Hernán Avendaño Cruz
columnista

Trump versus globalización

La historia muestra que la globalización sí tiene reversa; de igual forma evidencia los altos costos
que acarrea

Hernán Avendaño Cruz
POR:
Hernán Avendaño Cruz
diciembre 22 de 2016
2016-12-22 10:55 p.m.
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Diversas propuestas del nuevo presidente de Estados Unidos generan temores por sus impactos en la economía mundial. En general, se cree que la globalización no tiene reversa, lo que llevaría a concluir que Trump tiene la batalla perdida.

Pero la historia muestra que la globalización sí tiene reversa, de igual forma evidencia los altos costos que acarrea. El Banco Mundial (Globalization, Growth, and Poverty) muestra que hubo un prolongado periodo de retroceso entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial y la terminación de la segunda.

Este episodio permite intuir lo que vendría para el mundo desde enero del 2017. Ante la fuerte contracción de la actividad económica por la Gran Depresión, el proteccionismo floreció; los gobernantes pensaron que, al imponer barreras a las importaciones podían aumentar las exportaciones para crecer el PIB y el empleo.

La ley Smoot-Hawley aumentó los aranceles de EE. UU., pero generó una cadena de retaliaciones a nivel global. Como consecuencia, las exportaciones mundiales cayeron del 8% del PIB en 1910 a 5% en 1950; este nivel era similar al registrado en 1870, año en el que comenzó la primera ola de globalización, según el Banco Mundial.

El freno a la globalización tuvo nefastas consecuencias. De acuerdo con Angus Maddison, “entre 1913 y 1950 la economía mundial creció mucho más lentamente que entre 1870 y 1913, el comercio mundial creció mucho menos que el ingreso mundial, y el grado de desigualdad entre las regiones se incrementó sustancialmente”. Además, la pobreza, que había caído entre 1870 y 1914, volvió a crecer en el periodo de reversión “aproximadamente hasta donde había estado en el período entre 1820 y 1870” (Banco Mundial).

Trump propuso la imposición de un arancel del 45% a las importaciones desde China, otro del 35% a las importaciones de productos fabricados por las empresas estadounidenses que se sigan marchando, y la atracción hacia EE. UU. de aquellas que se fueron a otros países.

Todas esas propuestas chocan con la evolución que ha tenido el mundo desde la segunda posguerra: la fragmentación geográfica de los procesos de producción, el surgimiento de las cadenas globales de valor, la relocalización de empresas y la sustitución de los productos nacionales por los globales (made in X país por made in the world).

En ese contexto, obligar a empresas como Apple para que retornen a EE. UU. implicaría desarticular procesos productivos que están dispersos en siete países. Algunos casos de retorno voluntario (reshoring) han evidenciado las enormes dificultades que implica tal decisión; no encuentran mano de obra para labores en las que los estadounidenses ya no tienen habilidades o no están dispuestos a hacerlas; no hay fabricación local de las materias primas o de los bienes intermedios requeridos, lo que obliga a importarlos; los costos de la mano de obra son muy elevados con relación a los países a los que habían migrado. Por estas razones, no pueden ser competitivos.

Experiencias como la de Venezuela con Chávez, evidencian que la intransigencia de un mandatario puede forzar decisiones radicales, por irracionales que sean, y sin importar las graves consecuencias para su economía y su población. En el caso de EE. UU. el desastre sería mayor y de alcance global. Trump ganaría la batalla, pero la perdería el mundo.

Hernán Avendaño Cruz
Director Estudios Económicos Fasecolda
havendano@fasecolda.com

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