Hernán Avendaño Cruz
Columnista

El pesimismo del TLC

Es deseable que ciertos empresarios, en vez de plegarse a las evaluaciones pesimistas de los críticos, hagan un acto de contrición y tomen decisiones.

Hernán Avendaño Cruz
Opinión
POR:
Hernán Avendaño Cruz
mayo 18 de 2017
2017-05-18 09:03 p.m.
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Al cumplirse cinco años del TLC Colombia-Estados Unidos, los críticos estarán de jolgorio. Dirán que sus pronósticos fueron acertados, que el TLC es un fracaso y que habían predicho el déficit comercial. Curiosamente, algunos empresarios parecen compartir esa visión.

En una evaluación objetiva del TLC es útil revisar dos aspectos: los factores exógenos que afectaron el comercio mundial y la estructura de las exportaciones colombianas a EE. UU. Los factores exógenos son bien conocidos. La terminación del superciclo alcista de los precios internacionales de los productos básicos impactó negativamente a las economías emergentes. Además, incidieron la gran recesión de las economías desarrolladas, la desaceleración de China y la recesión de Brasil y Rusia. Por último, numerosos países adoptaron medidas proteccionistas; las decisiones de Venezuela y Ecuador, en particular, golpearon a las empresas colombianas.

Todos esos factores repercutieron en la caída del valor del comercio mundial; las exportaciones globales que crecían más del 20 por ciento en el 2010, registraron variaciones negativas en el periodo 2014-2016. Solo desde finales del año pasado retornaron a tasas positivas, reflejando la recuperación de la demanda agregada.
Con relación al comercio con EE. UU., la canasta exportadora es muy concentrada. El Índice de Herfindahl-Hirschman (IHH) de las exportaciones hacia ese país registra un valor superior a 1.800 durante la mayor parte del periodo 2000-2016, indicando una alta concentración; por contraste, el IHH del total de exportaciones de Colombia solo superó ese nivel en los años de más altos precios internacionales de los productos básicos (2011- 2014).

El valor del IHH de las exportaciones hacia EE. UU. es explicado por los minero-energéticos, que en el 2014 representaron el 73,2 por ciento del total; y siguen pesando, aunque la caída de sus precios redujo la participación al 61,1 por ciento en el 2016.

El problema de esa concentración es el surgimiento de EE. UU. como potencia energética. Su producción de petróleo está creciendo aceleradamente, lo que le permitió sustituir parte de sus importaciones y entrar nuevamente como exportador. En gas natural se convirtió en el primer productor mundial, de forma que sus precios internos cayeron e impulsaron el creciente uso en la industria, en reemplazo del carbón.

Tener esa alta concentración se reflejó en un superávit comercial de Colombia, mientras los precios de los minero-energéticos fueron altos, y en un déficit desde que empezaron a caer. La dificultad estriba en que el déficit tenderá a ser estructural, pues, además de que EE. UU. está disminuyendo las compras de petróleo y carbón de numerosos proveedores, las reservas petroleras de Colombia están cayendo.

La alta concentración también oculta los avances que se registran en las demás exportaciones, que son las que realmente se benefician del TLC. La Ministra de Comercio ha señalado que entre el 2012 y el 2016, crecieron 12,3 por ciento, y el número de empresas exportadoras aumentó en 17,5 por ciento; esos resultados son destacables, teniendo en cuenta los factores externos mencionados.

Los beneficios potenciales de los TLC son de largo plazo. Para obtenerlos, Colombia tiene que romper con esa alta concentración de las exportaciones, por lo que es imperativo acelerar ese proceso gradual resaltado por la Ministra. También es deseable que ciertos empresarios, en lugar de plegarse a las evaluaciones pesimistas de los críticos, hagan un acto de contrición y tomen decisiones para mejorar su productividad y aprovechar los acuerdos comerciales.

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