Horacio Ayala Vela

Una precaria calificación

Se han generado comentarios sobre la confianza de las calificadoras.

Horacio Ayala Vela
POR:
Horacio Ayala Vela
mayo 17 de 2011
2011-05-17 12:45 a.m.
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A mediados de marzo se conoció la noticia de que Standard & Poor’s otorgó a Colombia la calificación mínima para acceder al grado de inversión, colocándonos a la altura de Brasil, Perú, México y Panamá. Funcionarios, empresarios, dirigentes gremiales y algunos analistas “bailaban en una pata”, al son de la noticia, aún sin poder dimensionar las consecuencias prácticas de tan meritorio logro, entre otras razones, porque hace falta la bendición de los otros dos sumos sacerdotes, Moody's y Fitch.

El nivel de euforia que causó el anuncio se puede resumir en el comentario del presidente Santos: “es como recibir un certificado de buena conducta”. Un mes más tarde, S&P volvió a agitar el mundo de los negocios cuando rebajó la calificación de EE. UU., de estable a negativa, por primera vez desde 1989.

El anuncio desató una caída inmediata de los principales indicadores bursátiles y un mal pronóstico sobre el déficit, que podría incluso afectar las tasas de interés para los consumidores. Pero también ha generado nutridos comentarios sobre la confianza que merecen las agencias calificadoras, sentimiento que se refleja en un titular del  New York Times : ‘¿Alguien está escuchando a S&P?’ En la introducción a un debate que abrió sobre el tema, pregunta si S&P dice algo respecto de las preocupaciones sobre la economía y el déficit, o si, como responden los funcionarios de la administración Obama, se trata de un juicio político que no va más allá de lo que ya se conoce.

Los comentarios al respecto son muy severos. Por ejemplo, L. Randall Wray, profesor de economía de la U. de Missouri, afirma que lo mejor es ignorar a las certificadoras, igual que hacen los mercados cuando se rebajan las calificaciones de las deudas. Pone como ejemplo a Japón, a quien Moody's rebajó la calificación hace una década, porque no mostraba capacidad de pago, pero después de 10 años de enfrentar déficits está obteniendo créditos a cero interés, cumple sus obligaciones, el yen está fuerte y persiste la deflación. Tim Stone, en un artículo en el  Sundays Times, opina que las certificadoras deben poner la casa en orden para recuperar la confianza. Afirma que están viciadas y que pueden ser peligrosas en un sistema financiero global, entre otras razones, porque reciben los ingresos de quienes venden los riesgos de crédito, lo cual equivale, para el consumidor, a pagarle honorarios al abogado de su contraparte. 

La crisis financiera del 2008 ha tenido influencia en el aparente descrédito de las certificadoras, que, según Charles R. Morris, ayudaron a alimentar el entusiasmo, sesgando las calificaciones para satisfacer a sus clientes, que eran grandes bancos y la banca de inversión. Similares comentarios son frecuentes en el documental  Trabajo Confidencial  ( Inside Job ) –que se presenta en los cines bogotanos–.

Es inevitable preguntarse si la calificación de Colombia tiene un valor real para su desarrollo integral, porque la dramática crisis dejó sin vivienda y sin trabajo a miles de familias en EE. UU., mientras los autores materiales e intelectuales, quienes presionaron la desregulación de los derivados desde dentro y fuera del Gobierno, son más ricos.

En sus respuestas a los congresistas, los representantes de las certificadoras declararon que se limitan a opinar. Esperemos que en Colombia primen las opiniones de nuestros entes reguladores.  

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