Horacio Ayala Vela

El síndrome de doctor

Tal vez la odiosa manía de la ‘doctoritis’ es un reflejo de la idiosincrasia colombiana; de esa falsa superioridad.

Horacio Ayala Vela
POR:
Horacio Ayala Vela
agosto 13 de 2012
2012-08-13 01:05 a.m.
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En Colombia, todo el mundo es doctor mientras no se demuestre lo contrario. Algunos atribuyen esta frase a Gilberto Alzate Avendaño, como tantas otras, pero ha trascendido porque la escuché en el exterior a un diplomático extranjero. Como cualquier chascarrillo ingenuo, podría pasar desapercibida, pero los bogotanos sabemos que es una crítica válida y que tiene algo en el fondo.

La costumbre de llamar doctor a quien se pone corbata o refleja algún grado de influencia, sin duda, empezó en Bogotá hace unos cuantos años, pero se ha afianzado y generalizado en los 30 o 40 más recientes. Hasta donde recuerdo, el doctor se adjudicaba solo a los médicos, siguiendo una costumbre universal, pero, se amplió después a quien usaban anteojos –que no eran pocos, porque la cirugía del ojo es relativamente joven–. Más recientemente, aparecieron las doctoras, quizá con el movimiento de la liberación femenina.
Empero, lo cierto es que en Colombia hay menos doctores de verdad que en países del entorno. De acuerdo con el Consejo Nacional de Acreditación, en el 2007 había 584 doctores graduados en el país, la gran mayoría en los últimos cuatro años, frente a Chile, que gradúa 600 por año –con la tercera parte de nuestra población–, 2.700 en México, y más de 11.000 en Brasil. Según la Oecd, Suiza tiene 452 doctores por cada millón de habitantes, Estados Unidos 209, España 165, México 33 y Chile 23.

Los colombianos somos propensos a exagerar y a cambiarle el nombre a las personas y a las cosas, pero no de una manera ingenua y desinteresada, sino maliciosamente aduladora y hasta arrogante. Los amigos, los parientes o los conocidos casi siempre son los más ricos, importantes, influyentes y destacados, los mejor relacionados –es decir, las mejores palancas– o simplemente los más ‘viajados’. Es lo que cuenta a la hora de alardear o de pedir favores. Pero no sucede solo con los doctores; se llama ‘profesor’ al futbolista retirado que se pierde unos meses, generalmente en el sur del continente y regresa a dirigir un equipo (así suene chistoso decir el ‘profesor chiqui’ o el ‘profesor bolillo’). Mientras tanto, a los verdaderos profesores, solo algunos estudiantes les llaman ‘profes’ y a la mayoría ‘cuchos’.

Tal vez, la odiosa manía de la ‘doctoritis’ es un reflejo de la idiosincrasia colombiana, de esa falsa superioridad, que incluso se llegó a estimular no hace mucho en una cuña radial. En los Juegos Olímpicos de Londres nos dieron un par de portazos en las narices: las ‘Superpoderosas’ no hicieron un gol, y nuestro segundo himno más lindo del mundo, resultó para otros de los más feos.

Debemos aprender a llamar a las cosas y las personas por sus nombres y enseñar a los jóvenes a ganarse las medallas y los títulos, los deportivos y los otros. Es cierto que hay mucho de qué enorgullecernos, pero los millones de doctores de mentiras no nos convierten en los mejores del planeta: los verdaderos doctores no se ponen corbata y pasan desapercibidos como simples ‘manes’; y no es cierto que todos los años nos roben la corona de Miss Universo. Finalmente: ¿Por qué mantenemos en nuestro escudo el istmo de Panamá?

HORACIO AYALA VELA

CONSULTOR PRIVADO

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