Iván Duque Márquez

Un problema, dos enfoques

La sociedad requiere restringir la tenencia y porte de armas, si desea- mos que reine el imperio de la ley.

Iván Duque Márquez
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Iván Duque Márquez
febrero 14 de 2013
2013-02-14 02:04 a.m.
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A raíz del debate sobre el control de armas en Estados Unidos, muchos de los opositores a la imposición de restricciones han argumentado que en ese país no existe un problema grave de violencia y que la tasa de homicidios es baja en comparación con las naciones más violentas, donde, además, se aplican mayores limitaciones a la tenencia y el porte.

Hasta ahí todo parece normal, dentro de la línea tradicional de argumentación que busca defender el acceso al armamento, amparada en la Constitución norteamericana. El problema es que esta línea trata de aislar el problema de Estados Unidos con el del resto del mundo.

Por un lado, los problemas de violencia en dicho país son críticos, incluso comparados con los países con mayores tasas de homicidios. Lo que ocurre es que en lugar de ver una perspectiva nacional, vale la pena analizarlo por centros urbanos. Así las cosas, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes nos indica que la ciudad de Baltimore es similar a Guatemala, con 35 asesinatos por 100 mil habitantes, la ciudad de Washington es idéntica a Brasil, Miami se asemeja a Colombia, Atlanta a Suráfrica, New Orleans a Honduras, Houston a Ecuador y Detroit al Salvador.

Por otra parte, aunque en los países de América Latina –donde se encuentran algunos de los más violentos del planeta– existan restricciones a la venta de armas, el mercado ilegal, que se nutre de los productos de los principales fabricantes, se constituye en una amenaza latente a la seguridad, pues armamento que sale de productoras convencionales, termina cayendo, a través de comerciantes oscuros, en manos de la delincuencia.
En resumidas cuentas, el problema son las armas y la forma cómo su mercado es manejado. Desde una óptica internacional, se requiere que los fabricantes hagan transparentes sus inventarios y su comercio, para evitar que los productos sean triangulados hacia el crimen organizado. Esto demanda que las potencias armamentistas, principalmente los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, asuman el liderazgo de castigar el tráfico ilegal. Una actitud frontal, ayudaría a prevenir homicidios en países donde la delincuencia organizada es una amenaza a la seguridad nacional.

Y en el caso de Estado Unidos, es necesario restringir el acceso a armamento de asalto, mejorar los registros de tenencia y porte, limitar el número de armas por individuo, examinar antecedentes penales y mentales de los compradores y fomentar el desarme civil como una conducta social.

Así, por razones culturales, unos países sean más abiertos frente al acceso a las armas, no podemos dejar de ver el problema de fondo. La sociedad requiere restringir la tenencia y porte de armas, si deseamos que reine el imperio de la ley.

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