Consulta médica devaluada

Una consulta médica requiere la aplicación rigurosa de una serie de pasos ineludibles. ¿Será que alg

Jaime Hoyos
POR:
Jaime Hoyos
enero 07 de 2011
2011-01-07 01:11 a.m.

La labor médica es un ejercicio intelectual elaborado y sofisticado que pone a prueba los conocimientos, la experiencia, el razonamiento y la intuición del profesional, cultor de un arte milenario que se complementa con los aportes de la ciencia para servir a los pacientes, fin último de nuestra noble disciplina.
Hacer una consulta médica requiere la aplicación rigurosa de una serie de pasos ineludibles y que, en el mejor de los casos, nos permitirán reconocer la causa de las dolencias que aquejan al enfermo.
El primer paso, conocido como interrogatorio, implica la identificación del motivo de la consulta, la historia de la enfermedad actual (cuándo empezó, cómo se han presentado los síntomas en sucesión cronológica, con qué se aumentan y con qué se alivian, qué cosas ha hecho el paciente para contener o atenuar sus síntomas, y cuál es el estado actual de esos síntomas, entre otras cosas).
Este paso incluye el registro meticuloso de los antecedentes del paciente: qué enfermedades ha tenido, de qué lo han operado, si tiene historia de alergias, si toma medicamentos (cuáles y en qué dosis), si ha tenido accidentes o traumas, si ha estado hospitalizado, y hasta la evaluación sobre el consumo de sustancias adictivas (licor, drogas, cigarrillo).

No puede faltar el registro de la historia ginecoobstétrica en las mujeres: fecha de sus periodos menstruales, número de embarazos y abortos, uso de métodos de planificación familiar, fecha de su citología, etc.
Para completarlo, se incluye la revisión sistemática de ciertas funciones: el hábito urinario, el hábito intestinal, el sueño y las demás que el médico considere pertinentes.
Posteriormente se realiza el examen físico: verificación de los signos vitales (presión arterial, pulso, respiración y temperatura), medición de peso y talla, y aplicación del método semiológico de observación, que implica la palpación, percusión y auscultación del cuerpo para evaluar sus funciones y denotar las anomalías, si las hubiere.

Es así como se evalúa la cabeza, se revisa el cuello y la garganta, se ausculta el tórax y se escucha el corazón y los pulmones, se palpa el abdomen y se revisan las extremidades. De cada estructura y de cada función se puede a su vez hacer un detallado análisis para verificar su funcionamiento.
Durante el examen se hace, además, énfasis en la evaluación de aquella estructura o función que esté comprometida por la enfermedad: un corazón con arritmia, un vientre distendido o con alguna masa… en fin, aquella parte del cuerpo en la que el paciente localiza su dolencia.
Ya con toda esta información, puede el médico disponerse a elaborar una hipótesis diagnóstica. Es decir, es a partir de este momento que el profesional echa mano de toda su sabiduría y, analizando la información a la luz del razonamiento lógico orienta sus ideas, coteja los síntomas con su conocimiento de la historia natural de las enfermedades, sopesa opciones que expliquen la génesis de los síntomas y signos y selecciona -de entre muchas- aquellas condiciones que serían causas plausibles del cuadro clínico, o descarta aquellas otras que no lo son.
Hecho esto, tiene ya el médico el diagnóstico y con él puede ya tomar las decisiones pertinentes. Se trata, según se entiende, de una actividad racional de alto nivel que exige a quien la realiza el mayor compromiso y la más ardua dedicación. Falta explicar cómo procede el profesional para convertir este luminoso ejercicio de la mente en acciones concretas para recuperar la salud de sus pacientes.
¿Será que hay alguien que esté dispuesto de verdad a creer que 15 minutos son suficientes para consumar toda esta delicada y trascendental labor?
 

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