El desconcierto de concertar

Las relaciones confrontativas son un lugar común en Colombia. La consigna es de todos contra todos.

Jaime Lopera
POR:
Jaime Lopera
noviembre 30 de 2010
2010-11-30 01:09 a.m.

La recién creada Comisión Inter-Institucional para estudiar la reforma a la justicia tiene en su seno a especialistas que también presentaron sus recomendaciones en el Gobierno anterior; ahora son el ministro de Gobierno, los presidentes de las Cortes, la Fiscalía, los presidentes del Senado y la Cámara, y otras instituciones.

Se reúnen los lunes por la noche y los jueves en la mañana, como dijo el ministro Vargas Lleras, según sus propias palabras, están trabajando para armonizar la reforma en concordancia con las necesidades del país a objeto de que la ley tenga viabilidad jurídica y política.

En los modelos de estudio del comportamiento de los grupos y equipos de trabajo, hay unos llamados conflictivos y fragmentados, y otros conocidos como colaborativos y funcionales. Ambos están formados por personas que se comportan de manera tal que el resultado de sus tareas es igual a la denominación que se les asigna.

Los participantes de los grupos conflictivos o fragmentados, por ejemplo, son especialistas en polemizar, en descalificar los argumentos de los demás; son duros con las ideas y destructivos con las personas; no saben construir sino destruir autoestimas y alianzas.

Su mayor virtud consiste en restar y dividir, generar desconfianza entre los miembros y disfrutar del resultado pierde-pierde. Se diría que estos individuos tienen una actitud ante sí, ante la vida y ante su trabajo mediante la cual el fin personal justifica los medios. El comportamiento de quienes pertenecen a los grupos funcionales y colaborativos es de una actitud diferente: ellos parecen decir que "lo que es bueno para el equipo es bueno para mí".

Por lo tanto, sus comportamientos generan empatía; predican y practican alianzas y negociaciones; su interés está en construir sobre los argumentos de los demás; son duros con las ideas, pero suaves con las personas; nada de lo que se discute lo vuelven un problema personal; suman y multiplican argumentos y razones, y su objetivo permanente por lo general es el gana-gana.

Las relaciones confrontativas son un lugar común en Colombia. La consigna es de todos contra todos: el Gobierno contra el Congreso; las Cortes entre sí; los organismos de control y vigilancia contra los Ministerios y entidades del Estado; lo nacional contra lo regional y viceversa; los jueces contra los administradores públicos; los gobiernos que salen contra los gobiernos que llegan.

Este estilo de vivir y dirigir en el país nos ha vuelto maestros en las habilidades necesarias para mantener vivo el sistema conflictivo, y despreciar las habilidades necesarias para mantener y reproducir el sistema colaborativo.

Este último suele ser raro en nuestras organizaciones, especialmente las públicas. Pero alguna cosa extraña está sucediendo con el gobierno Santos: ¿cómo se estarán sintiendo esas personas, que vienen del sistema confrontativo, en el ambiente colaborativo que ha venido diseñando esta nueva administración?

¿Cómo se verán los continuistas frente a sus colegas de hoy presentando acuerdos y no desacuerdos, como esta Comisión de la justicia? ¿Qué tan difícil les estará quedando escucharse con amabilidad, tolerancia y respeto? ¿Cómo será su desconcierto frente a esa construcción colectiva?

Este experimento de cooperación en varios frentes del santismo genera una luz de esperanza para el ambiente de apoyo que necesitamos en Colombia, orientado a construir y a no mirar para atrás, dejando afuera aquellos entornos de crispación y de bravatas de las cuales estamos empezando a desacostumbrarnos.

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