Las telenovelas históricas

Censurar o criticar la transmisión de un episodio televisivo, con el argumento de que puede ser noci

Jaime Lopera
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Jaime Lopera
noviembre 15 de 2010
2010-11-15 08:05 p.m.

Algunos historiadores han abierto recientemente un interesante debate en torno a la telenovela La Pola, que presenta un canal nacional. Ellos se han puesto en la tarea de examinar los hechos históricos que allí aparecen, y han llegado a constatar algunas inexactitudes que desfiguran al personaje y el entorno en que se movieron tales episodios.

Pero también hay otras voces que se ocupan de lo mismo en términos de comparar la labor del historiador en estos casos, independientemente de la escuela a la cual esté afiliado.

Parecería natural que hubiese puristas, o positivistas, que atacan la suplantación de los hechos históricos. Pero como la historia no es una ciencia exacta, sólo algunas formas objetivas (como los vestigios de un monumento arqueológico que ha sido analizado con Carbono 14), o el respeto a la autobiografía de un personaje, se salvan de la subjetividad que envuelve a los acontecimientos de una época.

Técnicamente, cada hecho o episodio histórico debería pasar por el filtro de varias evidencias empíricas similares (v.g., fuentes primarias, documentos originales, registros de la época, cartas manuscritas) para que se pueda confirmar su veracidad. De allí debe salir entonces la versión del historiador que les da sentido y contorno sobre la base de que "la verdad es una elección, no una obligación", como dice Bloch.

Conviene distinguir que no todos los hechos son históricos. Aunque un historiador tiene el raro privilegio de ascenderlos a esa categoría, el literato tiene la libertad de darles nueva vida. Por ejemplo, ¿en qué cambiaría la historia inglesa por el hecho de que el rey Arturo tuviese una mesa cuadrada y no redonda? Si Mauricio Vargas no conoció al mariscal Sucre, ¿qué tanto se invalidan sus patrióticas andanzas por esa circunstancia? En otras palabras, ¿es mejor correr el riesgo de inventar un personaje de la nada, o recrear el que ya vivió ciertos sucesos para que su imagen quede registrada ante el público?

Después de todo, si se trata de honrar la buena fe de los historiadores, o impedir la distorsión que los escolares pudieran conocer de sus maestros, o hacer pedagogía para que los novelistas o guionistas sean más cuidadosos en adelante, la objeción de las academias sobre los errores de una telenovela histórica acaso podría tener sentido.

Pero abrir un portillo para que cada relato histórico, literario o televisivo, deba pasar por las horcas caudinas de los examinadores; crear una oficina de certificación de calidad en cada una de las academias; polemizar con los guionistas e intervenir en su estructura narrativa; y, en suma, asumir el papel de censor, todas estas cosas no calzan con la tarea normal de los historiadores, que consiste en agrupar las acciones y permitir que se hagan las interpretaciones de acuerdo con la personal percepción del mundo que tiene cada investigador.

En una palabra, censurar o criticar la transmisión de un episodio televisivo, con el argumento de que puede ser nocivo -lo prohibido estimula la transgresión-, también significa menospreciar a los televidentes y considerarlos no aptos para tener criterios de aprobación o de rechazo.

Además, y lo que es peor, se multiplicaría el trabajo de los académicos, quienes deberían dedicarse a leer el cúmulo de novelas históricas que aparecen, y mirar de seguido las escenas de la TV a objeto de poner su mirada de cancerbero con el fin de evitar las imperfecciones.

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