Otra vez reforma de la justicia

Las decisiones de los magistrados provienen de dos clases de conocimientos: los explícitos y los imp

Jaime Lopera
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Jaime Lopera
septiembre 08 de 2010
2010-09-08 04:37 a.m.

Cada vez que se anuncia una reforma de la justicia, es inevitable recordar algunos conceptos de la arquitectura y la teoría organizacional que deberían ser tenidos en cuenta por los reformadores.

En primer lugar, es preciso considerar que una cosa es la estructura y otra la estrategia. No se puede diseñar un organigrama con sus puestos y sus tareas (estructura), antes que diseñar la misión, los objetivos y las funciones (estrategia) de quienes vivirán en ese esquema.

Hemos dicho que primero se construye un hogar (home) y luego se construye la casa (house). Fuera del trabajo en equipo, que es un requisito bastante desaplicado en las altas cortes -como lo prueban las trabas para concluir un nombramiento-, el proceso de toma de decisiones de los jueces es aún más relevante. Las decisiones de los magistrados provienen de dos clases de conocimientos: los explícitos y los implícitos.

Los conocimientos explícitos son los que el juez tiene a la mano: la Constitución, las leyes, la doctrina, los jurisconsultos, los textos extranjeros, las sentencias anteriores, los laudos, además de todo un arsenal de conceptos y teorías, nacionales y extranjeras, que se usan para elaborar el veredicto final. Este equipamiento intelectual siempre está ahí, en la reserva, dispuesto a ser utilizado antes del fallo. Una buena biblioteca y el acceso a los buscadores de Internet, son herramientas adicionales del juez.

Los conocimientos implícitos, por el contrario, son aquellos atributos de la personalidad y del comportamiento que abarcan no sólo la escala de valores, sino también las actitudes, las emociones, los prejuicios y las motivaciones que contribuyen a que el juez o magistrado edifique su opinión o sentencia.

 Esos conocimientos personales implícitos no están totalmente a la vista como los otros, pero influyen innegablemente en la determinación final en torno a un caso dado. La justicia es, pues, una coalición legítima entre unos factores explícitos y unos implícitos; vale decir, entre las experiencias proporcionadas y la conducta de los ejecutantes.

Hay un punto donde ambos factores confluyen y este (reflexivo, ecuánime, objetivo) es el que determina la suerte final de un individuo, de un grupo de personas o de una sociedad como un todo.

Soy juez: si se me ha enseñado correctamente el concepto de la ética (y lo pongo bien adentro de mis valores implícitos), mi decisión o sentencia (que será explícita) se verá coherente. Pero si mi profesor de filosofía del derecho se ha equivocado en esa enseñanza, y me dice que todo vale, mi juicio externo será diferente al de mi conciencia.

Entonces se observará una señal de injusticia que afectará los intereses de una o más personas, con el respectivo deterioro de sus bienes o con la prisión. De la mayor o menor eficacia que se tenga al concluir este proceso de unir conocimientos con comportamientos se dirá si estamos frente a la ecuanimidad o la impunidad.

Una corporación puede tener los mejores magistrados, los más eruditos especialistas, y la mejor biblioteca jurídica para enriquecer los conocimientos explícitos de sus integrantes.

Pero si carece de un cuerpo de expertos que proponga el manejo de las actitudes e instruya en los efectos de los sentimientos en los demás, para hacer más coherentes sus decisiones con la justicia, quizás les estará faltando una pieza muy importante de su competencia personal.

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