Johanna Peters

El día sin carro

Después de 13 años, deberíamos estar evaluando cuándo es que vamos a tener un sistema –confiable y digno– de transporte que la capital de la cuarta economía de A. Latina se merece.

Johanna Peters
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Johanna Peters
febrero 15 de 2013
2013-02-15 12:10 a.m.
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Me sorprendió ver que llevamos ya 13 años con los Día sin carro, sin realmente lograr el objetivo de fomentar el uso de medios alternativos de transporte a largo plazo en Bogotá.

Comparto la necesidad de realizar ejercicios que nos bajen del carro y sensibilicen con la gran mayoría que padece el sistema de transporte público, pero cada vez lo que se evidencia es el pésimo modelo que tenemos y la ausencia de nuevas ciclorrutas, que esta vez fueron compensadas por la activación de la ciclovía, que irónicamente tenía pocos ciclistas y muchos trancones en los carriles vecinos.

El Distrito, como todos los años, da balances positivos de uso de buses, bicicletas y alguna disminución de la polución, pero mi experiencia –que es a pie– siempre me deja ambivalente. Las vías siguen llenas de taxis, buses contaminantes, camiones, volquetas y bastantes carros particulares.

Adicionalmente, el tema de los taxis, que de por sí es malo en Bogotá, se vuelve insoportable. La ciudad parece una marea amarilla, pero de ahí a conseguir montarse en uno, es otra cosa. Primero hay que estar en la calle, ya que por teléfono no aparecen, hay que ir adonde el taxista quiera ir, y si llega a llover –como sucede a menudo–, milagrosamente los miles de amarillos se esfuman.

El Alcalde propone tener más de estos días sin carro, pero creo que después de 13 años deberíamos estar evaluando, no si necesitamos más o menos días libres de vehículos particulares, sino cuándo es que vamos a tener un sistema –confiable y digno– de transporte que la capital de la cuarta economía de América Latina se merece.
Desde Peñalosa y Mockus, en Bogotá no hemos seguido avanzando realmente en este frente, lo cual es evidente para cada bogotano, cada día. Somos una ciudad inmovilizada, inhumana e indiferente, y los slogans de las últimas tres administraciones parecen más un chiste irónico que un leitmotif para Bogotá.

No tengo nada en contra del Día sin carro, pero sí me parece que es una iniciativa que, sin un cambio profundo en la infraestructura de transporte público y de ciclorrutas, no genera ninguna variación.

Al siguiente día, todo vuelve a ser igual, y muy pocos de esos 400 mil bogotanos que optaron por la bicicleta adoptan ese método para movilizarse permanentemente. Para aquellos que vamos a pie, este modo de movilización solo sirve para trayectos cortos, y tampoco es fácil por el mal clima de la ciudad, el estado de los andenes, la ausencia de semáforos peatonales y la asfixia que causan las humaredas de los buses, que en ningún país del mundo tendrían permiso para transitar.

Ojalá algún día volvamos a tener una administración que le meta el hombro al tema de fondo de la infraestructura vial y al sistema –si así se le puede decir– de transporte público de la ciudad, para que, como bien señaló Enrique Peñalosa en su twitter, el 81 por ciento de los bogotanos que no tienen carro, pueda movilizarse dignamente.

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