Johanna Peters

Los extranjeros

Johanna Peters
POR:
Johanna Peters
julio 26 de 2013
2013-07-26 03:39 a.m.
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Cada vez veo más extranjeros viviendo en Colombia, y eso me alegra. No solo por ser una señal de la recuperación de nuestra golpeada imagen de país, sino porque necesitamos por fin tener una real inmigración.

Fuera de los árabes en la costa y de algunos pocos europeos, nuestro país nunca tuvo olas de extranjeros que llegaran para establecerse y, de paso, enriquecer nuestras economía, cultura y cocina, como sucedió en países vecinos como Venezuela, Perú o Panamá. Este olvido no solo viene del largo historial de violencia que tenemos y debía asustar a cualquiera, sino también por la simple razón de que por mucho tiempo fuimos desconocidos. Éramos como un Belice, un país desconocido en una región olvidada.

El caso de mi familia describe a la perfección que la inmigración en Colombia ha sido más una coincidencia que un propósito. Mi bisabuelo materno llegó a Colombia en 1931 por una casualidad. En Berlín, buscando el Consulado de Bolivia, con la ilusión de un empleo en las minas de ese país, se topó con un colombiano que le dijo que en Colombia también había minería, y dado que la embajada quedaba cerca, aquí terminó.

Por mi lado paterno, mis abuelos, que ya habían vivido en Costa Rica y Panamá, llegaron en 1950 a Colombia gracias a que un familiar recomendara a mi abuelo para un trabajo en lo que hoy se conoce como hapag lloyd, y puesto que Alemania seguía arruinada por la guerra, lo aceptaron, sin saber bien a qué país venían.

Hoy, los extranjeros llegan por un motivo. Por compañías que vienen a invertir al país, por escapar al régimen de Venezuela o para trabajar en pro de temas como el medio ambiente o lo social, pero, ante todo, vienen a buscar oportunidades. Eso no sucedía antes.

Estos extranjeros vienen también a enriquecer lo que hay y aceptamos como normal. La ‘gente de afuera’ nos hace ver la vida desde otros ángulos, dejar de mirarnos el ombligo, y es así como nacen opciones, desde el pan que nos comemos hasta la música que oímos o los negocios que hacemos. Colombia solo puede beneficiarse de esto.

Soy testigo y producto de lo que sucede cuando culturas tan diferentes como la alemana y la colombiana se encuentran, pero hasta hoy somos muy pocos para realmente influenciar y enriquecer al país. Con otras culturas ojalá podamos cambiar lo malo y mejorar lo bueno. Podríamos no solo tener queso y pan como en Francia, aprender a usar la bicicleta como en Holanda, hasta podríamos soñar con tener la infraestructura de Alemania y, quien quita, mejorarlo con ese espíritu colombiano que hizo que mis ancestros llegaran por casualidad, pero nunca volvieran a irse.

Ojalá más extranjeros vengan a Colombia. No solo a visitar o invertir, sino a echar raíces, y que así nos ayuden a mantener el camino recorrido y no volver a ser la tierra del olvido.

Johanna Peters

Consultora en comunicaciones

Johanna.Peters@fticonsulting.com

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