Johanna Peters

La independencia

Johanna Peters
Opinión
POR:
Johanna Peters
mayo 14 de 2015
2015-05-14 03:01 a.m.
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Hace siete meses renuncié a mi trabajo y me fui a casa. Tras diez años en la misma compañía, había llegado al punto en el que no sentía pasión alguna por el trabajo y necesitaba detenerme para recargar baterías. Esa pausa fue un gran regalo. No hice ni la mitad de las cosas que me había propuesto hacer, pero logré realmente salirme del ajetreo.

Los meses transcurrieron y tuve que pensar seriamente en el siguiente paso profesional, ya que mis ahorros descendían a gran velocidad. Las semanas de libertad me envalentonaron para decidir que la independencia debía ser el próximo movimiento. Sin embargo, confieso que la valentía no me hubiera durado mucho si no hubiera encontrado un socio que me ayudara a forzar mi espíritu emprendedor.

Así, empezó un aprendizaje por el curioso y realista mundo del emprendimiento. La primiparada comenzó en la Cámara de Comercio, llenando formularios y entregando actas de constitución. Después siguió la Dian, y, desde entonces, he ido a uno u otro lugar, cada par de semanas, ya sea actualizando el Rut, pidiendo el mecanismo digital de firma (para después perder la clave), o teniendo que volver a pasar por algún requerimiento faltante que no estaba explícito en ningún lado.

En este proceso, he tenido que sobreponerme a la vergüenza de preguntar dónde se consigue un libro de accionistas, cómo debe ser un balance inicial o qué se necesita para abrir una cuenta bancaria empresarial. Mi contadora me cree de Marte, pero estoy aprendiendo.

En tres meses ya pasé por un curso de capacitación de la ARL, la renovación de matrícula comercial, el pago de Impuesto sobre la Renta para la Equidad (Cree), retención a la fuente, y voy alistándome para el del IVA. Eso, unido a los pagos de gravámenes personales, me ha llevado a una obsesión por el tema tributario que creo me va acreditando como empresaria, aunque sea solo a microescala.

Otro interesante aprendizaje ha sido el de montar oficina y ver que todo se demora en promedio tres semanas en darse. Poner en funcionamiento lo tecnológico es de paciencia, y ni hablar de todas las vueltas y gastos requeridos para equipar una oficina, desde los lápices hasta las tasas.

En diecisiete años de vida laboral nunca me había tenido que ocupar de estos temas y, honestamente, lamento no haberlo hecho antes, ya que amplió mi perspectiva de manera radical.

Mi respeto por los empresarios crece a diario, y veo lo difícil que es hacer empresa en Colombia. Yo no tengo todavía mayores responsabilidades en esta materia y aun, así, a ratos me da angustia. No quiero imaginar la carga nerviosa para aquellos que tienen que pagar nóminas de diez, cincuenta o dos mil personas.

Pero, aunque me quejo de la primiparada, el papeleo y los impuestos, soy feliz. La independencia me ha devuelto mi tiempo, mi trabajo y, ante todo, mi libertad, y eso no tiene precio.

Johanna Peters

Consultora en comunicaciones

johanna.peters@galileo6.com

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