Ingenuidad, Columna Jorge Coronel López, 3 de abril de 2017 | Opinión | Portafolio
Jorge Coronel López
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Ingenuidad

La guerra contra la corrupción es poco probable que se gane si se piensa bajo la premisa de que se deben retirar a todos los corruptos del poder.

Jorge Coronel López
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Jorge Coronel López
abril 02 de 2017
2017-04-02 04:07 p.m.
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El país lleva más de un trimestre hablando de corrupción, y cada día con nuevas revelaciones. Esto ha suscitado una cruzada anticorrupción que posiblemente atraerá votos en la contienda electoral que se avecina y aumentará la idea de castigo para los corruptos. Es previsible que este hálito derive en más normas anticorrupción y transparencia, producto de la presión social. Habrá más investigados, menos condenados, más institucionalidad pública para combatir la corruptela –ampliando la burocracia para los mismos corrupto–, generando desgaste para el Estado y, obviamente, ningún resultado sobre el fondo de la corrupción.

Esta guerra contra la corrupción es poco probable que se gane si se piensa combatir bajo la premisa de que se deben retirar a todos los corruptos del poder, lo que sería loable, pero imposible, ya que no se van a retirar al no tener incentivos para hacerlo; al contrario, lo que tienen son estímulos para quedarse –lo que hay que combatir– y se disfrazarán de honestos.

En consecuencia, se quedarán en sus cargos o con el poder, y la ecuación que sigue es sencilla: si los corruptos están en el poder y tienen cooptado al Estado mediante sus cuotas burocráticas, pues las instituciones cooptadas por ellos no podrán proteger a la sociedad contra la corrupción, de manera que estamos atrapados en una trampa, aparentemente sin salida. Esta es una forma pragmática para entender el círculo vicioso de lo incontrolable que se volvió la corrupción, que no debe ser nada desmotivante para su lucha.

Pero el problema en últimas no es la corrupción en sí, son muchos otros aspectos, por ejemplo: el sistema, el cual funciona por medio de poderes que se enfrentan; pero, además, está diseñado para que exista un control por parte de un agente que difícilmente puede ser controlado, luego es un sistema que entraña vicios e incita a la corrupción, se encarga de poner trabas para que las cosas no funcionen bien, lo que provoca que alguien lo aceite para hacerlo funcionar y es aquí donde aparece el soborno y todas las prácticas corruptas.

Este sistema es tal vez el resultado de una astucia política, que mezclada con una malicia nativa, ha derivado en una sabiduría siniestra y perversa, citando la idea de astucia de Bacon. Pero esto es un secreto a voces, como lo es también el hecho de que la mayoría de las campañas políticas –por no decir todas– han hecho algún tipo de trampa y que los cargos de elección popular tienen precio.

Las campañas se han vuelto cada vez más costosas, y está probado que los astutos tienen especial apetito por aquellas regiones que poseen regalías. Sobra preguntar ¿cómo recuperan la ‘inversión’? ¿Será exclusivamente con el salario de alcalde o gobernador? Ante esta realidad, ¿por qué tanta sorpresa?, ¿por qué tan ingenuos? Así ha funcionado la política siempre, con astucia desmedida, malicia desbordada y una ingenuidad poco creíble. Pero esto no es justificación, sino realidad que habrá que recomponer, y para lograrlo no será suficiente con castigar a los corruptos, se necesitan profundos cambios para salir de la trampa. Ojalá no se desvíe la atención y se ponga la discusión en el centro de un sistema fallido, lo cual todavía no ocurre.

Jorge Coronel López
Economista y docente universitario
jcoronel2003@yahoo.es

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