Jorge Humberto Botero

El Quijote en la escuela

Jorge Humberto Botero
Opinión
POR:
Jorge Humberto Botero
enero 19 de 2015
2015-01-19 12:18 a.m.
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Se acumulan en el recuerdo los días azules de las vacaciones y, ante su fin inexorable, habrá de nuevo que ocuparse, más en búsqueda de claridad personal que para beneficio de los lectores, de los temas habituales de esta columna, tales como las complejidades del proceso de paz o la política económica.

Sin embargo, hoy me atrae un asunto diferente: la reciente publicación de una edición del Quijote realizada por el gran novelista Arturo Pérez-Reverte con el auspicio de la Academia de la Lengua Española.

El factor que la diferencia de tantas otras, incluida la patrocinada por la propia Academia en el 2005, es que se trata de una versión abreviada de la obra cervantina, delicada labor de poda del jardín narrativo que se ha realizado con el fin facilitar a los jóvenes su primera lectura quijotesca.

La primera reacción de este lector impenitente ha sido de escándalo: la genialidad indisputable del texto no puede verse menos que deteriorada si alguien se atreve a modificarlo; al Quijote nada le sobra.

Para superar esa postura adversa me percato de que cambios formales se han ido realizando a la novela fundadora del género con el paso de los siglos. Recuérdese que El Quijote fue escrito y publicado como dos libros diferentes. El primero en 1605, que abarca lo que hoy se denomina primera parte, y el segundo, que cierra el ciclo con la muerte de Don Quijote, diez años después. (Durante ese lapso se dio a la imprenta el Quijote de Avellaneda; su autor quiso aprovechar la inmediata popularidad que la obra tuvo tanto en España como en otros países de Europa. Pero al hacerlo, obligó al manco ilustre a publicar con celeridad la continuación de la zaga).

Me doy cuenta, además, de que las versiones que hoy se leen han sido modernizadas en su ortografía y puntuación para hacerlas tanto comprensibles como gratas. Incluso de que, con mayor audacia aunque con profundo respeto, Roberto Cadavid (Argos) –el célebre autor de las ‘Gazaperas’– dio a la imprenta un libro bellísimo: ‘El Quijote a lo Paisa’, un ejercicio de transcripción de algunos capítulos cervantinos a la lengua vernácula de mi región.

El trabajo de Pérez-Reverte es, como dije, de poda: suprime lo que considera superfluo pero nada añade. Y ahora que lo leo con deleite, descubro que, en efecto, grandes segmentos del Quijote son prescindibles, comenzando por los relatos ajenos a la trama principal que inserta en la primera parte (falla advertida por el propio Cervantes que los omitió en la segunda); y siguiendo por numerosas digresiones cultas o mitológicas que, quizás, fueron escritas para lograr reconocimiento entre las élites de su época. Don Miguel, como se sabe, fue soldado y burócrata de bajo rango, que no gozó de prestigio entre sus contemporáneos ilustrados.

Con esta publicación la Academia Española pretende facilitar el cumplimiento de un mandato legal consistente en hacer del Quijote lectura obligatoria en las escuelas. Atenderlo, allá o aquí, sería grave error.

Si yo hubiera sido, y ya no lo fui, maestro de literatura, a mis alumnos hubiera procurado inculcarles una sola cosa: el amor por los libros. Pero prescindiría de la idea de que hay textos canónicos de imperativa lectura. Ni el Quijote ni Cien Años de Soledad. Tampoco la Biblia o el Corán.

Jorge H. Botero

Presidente de Fasecolda

jbotero@fasecolda.com


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