Jorge Humberto Botero

Cuesta abajo

Jorge Humberto Botero
Opinión
POR:
Jorge Humberto Botero
octubre 16 de 2014
2014-10-16 03:49 a.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/24/56cdbf9aa1501.png

Como en el célebre tango de Gardel, así vamos en materia tributaria. Abundan los motivos para afirmarlo.

Las empresas son vehículos idóneos para movilizar recursos humanos, técnicos y de capital hacia la producción de bienes o servicios. Si se tiene éxito en esa aventura, lo cual no puede saberse a priori, sus propietarios se harán más ricos. Como la riqueza, en rigor, se predica de los seres humanos, no de las compañías, someter estas al pago de un impuesto sobre la ‘riqueza’ tiene el efecto de generar una presión política para que los ‘ricos’ se vean obligados a ceder, por la vía de un impuesto, parte de su ‘riqueza’ a los ‘pobres’, si no quieren verse expuestos a la ira popular. Pésimo para el clima de inversión

Se ignora, además, que el patrimonio de las empresas es la fuente primera de generación de sus utilidades y que, cuando se consolidan, sobre ellas tributan. Por lo tanto, quitarles parte de esos fondos resulta contraproducente en función del recaudo impositivo en el largo plazo. Se viola así la vieja recomendación: ‘no matar a la gallina de los huevos de oro’.

Hay otras objeciones importantes a la extensión de un impuesto proporcional al patrimonio empresarial neto de deudas: a) si la compañía no obtiene utilidades en un año cualquiera, por ejemplo, por hallarse en etapa preoperativa o afrontando una crisis, el gravamen sería expropiatorio; b) el impuesto sería más oneroso para las empresas que tienen bajas utilidades, que es lo que pasa en actividades en las que existe una intensa presión competitiva, como ocurre con el comercio de alimentos; c) se impone de facto un tributo mayor a las actividades que requieren niveles altos de inversión, tales como las telecomunicaciones o la petroquímica.

De otro lado, existe evidencia suficiente para demostrar que la demanda de efectivo como medio de pago se ha venido reduciendo en muchos países con la notable excepción de Colombia. La explicación de esta anomalía es obvia: realizar transacciones con dinero físico, en vez de hacerlo por medios electrónicos o el giro de cheques, hace imposible rastrear las operaciones subyacentes.

Por lo tanto, conservar el impuesto a las transacciones financieras constituye una ayuda indirecta de la regulación en favor de las actividades criminales, tales como el blanqueo de dinero y el contrabando; en el ‘mejor’ de los casos, el impuesto beneficia a las empresas informales que, por definición, no pagan impuestos.

Se nos dice que no hay motivo para preocuparse por cuanto estos dos tributos serían temporales. El reiterado incumplimiento de esta promesa, tanto como las necesidades recurrentes de gasto que con ellos se financiarían, determinan que esa afirmación no sea creíble.

Como se recordará, el Gobierno ha abierto un proceso de ingreso a la Ocde, ‘el club de las buenas prácticas’, al que refiere el presidente Santos. Ese objetivo supone el cumplimiento de un conjunto de recomendaciones. Según se lee en un documento oficial de esa organización, el Gobierno se ha comprometido a “iniciar una reforma que sustituya la estructura impositiva actual por otra que sea más amistosa con el crecimiento y expanda los ingresos tributarios a mediano plazo. La reforma debería mejorar también la equidad y cerrar los ductos a la evasión”.

¿Será que el paquete en curso cumple estos requisitos?

Jorge H. Botero
Presidente de Fasecolda
 

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado