Jorge Humberto Botero

Seguro agrícola

Jorge Humberto Botero
POR:
Jorge Humberto Botero
octubre 21 de 2013
2013-10-21 12:24 a.m.
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Para muchos países del mundo, la modernización de la agricultura es el detonante de una serie de transformaciones del aparato productivo que conducen al desarrollo económico. En una primera instancia, la agregación de valor a la producción primaria, que deriva de la introducción paulatina de tecnología, contribuye a que la población rural mejore su nivel de ingreso y salga de la pobreza a la vuelta de pocas generaciones; en una fase posterior, las ganancias de productividad en las actividades agrícola y pecuaria liberan mano de obra que migra hacia actividades manufactureras y de servicios de alto valor, tales como las finanzas, el transporte, la logística, la informática o el comercio internacional.

En este proceso cae la participación del agro en la generación del PIB, pero, al mismo tiempo, aumenta el ingreso per cápita, incluido el de la población rural. Esta es la secuencia que siguió Gran Bretaña desde finales del siglo XVIII, y es la que se observa actualmente en China, India y un buen número de países de África.

Tal vez todos podamos coincidir en que la situación del campo colombiano es mala al menos por una sola y poderosa razón: la pobreza en las zonas rurales del país es mucho mayor que la que se registra en áreas urbanas, y si bien en unas y otras ella está disminuyendo, la dinámica en el campo es más lenta. Infortunadamente, hasta aquí llegan los acuerdos. Mientras algunos consideran que la apertura de la economía es la causa de todos los males, otros creemos que sus causas verdaderas son la insuficiente dotación de tecnología, tierra, agua, información climática, servicios de acopio e infraestructura vial de buena calidad.

En síntesis: la solución de los problemas no consistiría en aislarnos del mundo exterior (el imposible regreso al vientre de la madre), ni de seguir arrojando subsidios a diestra y siniestra, sino de la provisión de un portafolio de bienes públicos de buena calidad para empresarios del agro y la población campesina, por supuesto bajo estrategias diferenciadas para unos y otros.

En este contexto, el suministro de seguros agropecuarios resulta crucial. En ausencia suya, y salvo que la mano providente del Estado aparezca para rescatar al productor del desastre causado por una sequía o plaga, el resultado inexorable es la recaída en la pobreza, o el alejamiento de la inversión en el agro.

Pese a que los seguros agropecuarios en nuestro país ya se ofrecen por varias aseguradoras, y a que la tasa de crecimiento del ramo es elevada (en los últimos 5 años, el crecimiento anual promedio ha sido de cerca del 32 por ciento), afrontamos dos grandes limitaciones: el área cubierta es apenas del 1 por ciento de la superficie dedicada a cultivos o actividades pecuarias; y la penetración de los seguros primordialmente ampara las actividades empresariales, no las de tipo campesino, que representan algo así como la mitad de la producción. Superar esta baja cobertura es necesario y posible.

¿Cómo lograrlo? Ofreciendo soluciones diferenciadas en función de los distintos tipos de usuarios. Para medianos y grandes, el seguro tradicional de carácter indemnizatorio es la solución, apalancada en subsidios que deben decrecer con el paso del tiempo. Para los más pequeños, es necesaria la oferta de coberturas masivas de bajo costo tomadas por el Estado. Bajo el liderazgo de Finagro se trabaja con el sector asegurador en una ambiciosa iniciativa.

Jorge H. Botero

Presidente de Fasecolda

jbotero@fasecolda.com

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