Jorge Mario Eastman Vélez

Facetas de Bin Laden

Una vida misteriosa que infortunadamente, por un tiempo, será para sus fieles un mito convocatorio.

Jorge Mario Eastman Vélez
POR:
Jorge Mario Eastman Vélez
mayo 16 de 2011
2011-05-16 06:55 a.m.
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Ahora, después de haber gozado por largo tiempo de la complicidad pakistaní, la biografía criminal de Bin Laden suscita toda clase de interpretaciones que lo clasifican, sin duda, como el terrorista más sanguinario, inventivo y temible de la historia. Una vida misteriosa que infortunadamente, por mucho tiempo, será para sus fieles un mito convocatorio.
Un verdadero camaleón capaz de eludir los cuerpos de seguridad de todo el planeta, no sin antes haber gerenciado una organización de típico cuño occidental, heredada de su padre, con todas las características propias del “capitalismo salvaje”. En 1979, ya como guerrillero, no tuvo empacho en aliarse con los intereses de los Estados Unidos enrolándose en la lucha contra la invasión soviética cuando apenas frisaba los 28 años.
En 1988 abandonó sus empresas de constructor millonario para fundar Al Qaeda con veteranos de la guerra de Afganistán. Y en poco tiempo multiplicó sus bases de operación en Argelia, Uzbekistán, Siria, Pakistán, Indonesia, Filipinas, Líbano, Irak, Kosovo, Chechenia, Cisjordania y Gaza. Sus máximos empeños consistieron en enfrentarse a la monarquía Saudí y expulsar a los norteamericanos de su reino. Fue la respuesta a una profanación, según él, imperdonable: la presencia de las tropas estadounidenses en los lugares sagrados. Por esta razón fue arrestado por la monarquía saudí en 1991, antes de refugiarse en Sudán.
No fue el líder mesiánico reducido a elevar preces a su Dios y congregar mansamente a su feligresía. Por el contrario, hacia discursos “populistas” en los cuales se bajaba de las nubes del Corán para incitar a la ira contra los herejes recalcando el alto costo de los servicios públicos, los incumplimientos gubernamentales, los impuestos y los préstamos bancarios.
En el reportaje que le concediera a Robert Fick en 1996, optó, como Sancho, por hacerse el de la oreja mocha cuando le recordó su asociación con los EE. UU. frente a la invasión soviética: “... en ningún momento hemos sido amigos de los americanos... Sabíamos que apoyaban a los judíos en Palestina y que son nuestros enemigos...”
Osama fue un matador confeso. Cuando el periodista Yusufgain le preguntó sobre sus gestiones para adquirir armas químicas y nucleares contestó al rompe: “defender al Islam es un deber religioso. Si es cierto que he adquirido esas armas doy gracias a Dios porque me haya permitido hacerlo”.
En sus discursos acostumbró recalcar que “EE. UU. sabe que llevo más de diez años atacándolo por la gracia de Dios... soy totalmente responsable de la muerte de sus soldados en Somalia...” Sabía esconder su mensaje populista con reflexiones “filosóficas” que sus audiencias escuchaban estupefactas. Manejó con maestría eso que llaman la “sicología de masas”.

Todos sus movimientos, en la compañía múltiple de esposas e hijos, los hacía dentro de un halo de misterio que lo “autorizaba” a ser el intérprete legítimo de Alá y del Profeta.

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