Juan Benavides Estévez

Electricidad en transición

Juan Benavides Estévez
POR:
Juan Benavides Estévez
noviembre 26 de 2013
2013-11-26 03:07 a.m.
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Por siglos, el consumo de energía en el mundo estuvo limitado por la disponibilidad local de madera, turba, carbón, viento y caudales de agua, y por la baja eficiencia de los procesos de transformación de los recursos primarios en energía aprovechable. El ingreso per cápita de la humanidad permaneció sin mayores cambios desde el año 1000 a.C., por cerca de dos mil setecientos años. Las aventuras de Robin Hood que empezaron a circular desde el siglo XV eran una doble ficción, tanto por el personaje como por la mención al bosque de Sherwood, que seguramente ya había sido totalmente transformado en leña para combustible por lo menos dos siglos antes. El uso eficiente de energía posibilitó, desde la técnica, salir de la trampa malthusiana que impidió el crecimiento. Si la historia económica de la humanidad se debiera reducir a nombrar un solo evento, este sería el comienzo del uso de la energía durante la Revolución Industrial. La energía está ligada al crecimiento económico y la calidad de vida desde el siglo XVIII. El carbón reemplazó a la madera como el principal combustible desde 1600, y luego el petróleo tomó la delantera en el siglo XX como el combustible fósil de mayor presencia en el planeta.

La aparición de la electricidad fue el siguiente gran progreso tecnológico de la humanidad. La electricidad liberó a las ciudades y las empresas de la esclavitud de la localización, porque puede, en principio, transmitirse a cualquier parte. Pero la electricidad no es todavía almacenable comercialmente en gran escala y debe consumirse al producirse. La producción a gran escala de electricidad se hace principalmente con combustibles fósiles, salvo en unos pocos países que tienen gran potencial hidroeléctrico, como Colombia, Brasil, Canadá y Noruega. Las energías intermitentes (viento, solar) y fuentes alternas han tenido un progreso azaroso, sometido a los vaivenes del precio del petróleo: cada vez que este precio ha subido sustancialmente, se ha producido una ola de euforia en investigación y desarrollo, se anuncia que ya está lista para competir, los experimentos fracasan comercialmente y el tema se olvida por largos periodos. Hasta ahora…

En la columna de opinión pasada, se apostó a que este patrón iba a finalizar en dos décadas. Pero la realidad le gana a la imaginación. Las empresas de electricidad de Europa han perdido la mitad de su valor en 5 años (The Economist, Oct. 12, 2013: How to lose half a trillion euros). Esto sucede, en buena parte, por la penetración de las renovables. El hito que acelerará la debacle del concepto de empresa clásica de electricidad será la llegada de diversas modalidades de almacenamiento de energía (sobre todo baterías baratas, de alta potencia y bajo costo). En ese momento, más de la mitad de toda la energía de un país podría provenir de decisiones de inversión individuales.

En este país, el largo plazo rara veces dura más de un trimestre, y el escepticismo sobre el progreso técnico es inmenso. La regulación sectorial no tiene en su agenda promover experimentos que permitan al mercado entender y prepararse mejor para reinventar radicalmente el modelo de negocio.

Les corresponde a las firmas sectoriales liderar su propia transformación y proponer los cambios del caso. De lo contrario, las cosas irán bien hasta que se derrumben sin preaviso, y con venganza.

Juan Benavides

Analista

benavides.jm@gmail.com

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