Juan Benavides Estévez

Un país sin narrativa

Juan Benavides Estévez
Opinión
POR:
Juan Benavides Estévez
junio 12 de 2015
2015-06-12 01:44 a.m.
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Ricardo Hausmann (Harvard), publicó recientemente Las raíces narrativas de la política pública. Allí retoma el trabajo del neurocientífico Antonio Damasio sobre la capacidad del cerebro humano de crear un sentido autobiográfico del yo (self). Este yo creado que percibe, recuerda y aspira, tiene propósitos, y decide con base en ellos.

Hausmann postula que esta característica de los individuos es común a las organizaciones, los diferentes niveles de comunidades, y los países. Nuestros cerebros necesitan crear un sentido de pertenencia a una ‘comunidad imaginada’ que sustenta las decisiones colectivas. El cálculo racional orientado a maximizar la suma de las utilidades individuales para definir políticas públicas carece de fundamento sin que exista un proyecto nacional sostenido por una aspiración comunitaria. Las comunidades son ‘personas’ con pasado y futuro que trascienden el ciclo de vida de los individuos.

El propósito de las políticas públicas es generar, alimentar y empujar el sentido compartido de un yo –por lo menos– nacional. La vida de los individuos adquiere una perspectiva más amplia que la de sus intereses estrechos y la del bienestar de su círculo inmediato, que bajo presión e inestabilidad altas produce una visión de los demás como potenciales obstáculos en un mundo de suma cero, y con escasa valoración del futuro. Hausmann comenta que el poderoso y elocuente discurso de Gettysburg de Lincoln presenta a Estados Unidos –en 272 palabras– como un ideal basado en el principio de que todos los hombres se crean iguales. El discurso justificó la Guerra Civil y aún se usa como base para discutir reformas como la de salud en ese país.

Las narrativas enmarcan las decisiones morales de los individuos y los países. Los defensores de un enfoque racional en política pública pueden (podemos) estar cometiendo el error de despreciar la potencia de las narrativas, que son aprovechadas, ante todo, por quienes saben manejar las emociones colectivas. Las aspiraciones sostenidas por las narrativas se convierten en motor hacia una dirección coherente. No se puede reducir al yo colectivo a un votante en la mediana, cuya aspiración es conseguir un mejor empleo.

¿Cómo quedaría Colombia en un campeonato mundial de narrativas de país? Mal, porque el votante en la mediana representa precisamente la ausencia de narrativa. Este votante bien puede ser un individuo urbano de segunda generación, hábil en acomodarse y sacar ventaja de la ausencia de reglas, y enfocado en salvarse a casi cualquier precio; y con profunda desconfianza en el sector público. Las élites centrales tradicionalmente se han sentido orgullosas de no ser de tierra caliente, y avergonzadas de no ser europeas. Algunas élites regionales han generado sus narrativas con relativo éxito, pero no son generalizables (no todos quieren ser paisas…). No hay sueños colectivos de largo plazo, ni instituciones que ayuden a su búsqueda deliberada. Las decisiones públicas son cacofónicas y erráticas.

Cada día se presenta alguna sorpresa que reafirma el carácter de caminata aleatoria de las políticas públicas. Dos ejemplos de la quincena: (i) la financiación del metro de Bogotá es difícil de evaluar porque las cifras propuestas por parte y parte son improvisadas; (ii) las discusiones sobre equilibrio de poderes se reducen literal y cínicamente a mantener prerrogativas. Pareciera que la narrativa de facto es “Colombia, país reguetonero”. Bien podemos darle un doctorado honoris causa a Joseph Blatter.

Juan Benavides

Investigador Fedesarrollo

benavides.jm@gmail.com

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