Juan Camilo Cárdenas
análisis

‘La formación de los economistas que necesita el país’

La pluralidad en el aprendizaje hará que nuestros economistas de esta nueva generación de la esperanza, respondan al país que ellos van a heredar.

Juan Camilo Cárdenas
Opinión
POR:
Juan Camilo Cárdenas
octubre 12 de 2016
2016-10-12 07:30 p.m.
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Las facultades de Economía tenemos una responsabilidad permanente al preguntarnos por las competencias que les permiten a nuestros egresados crecer como ciudadanos, profesionales y moldeadores del futuro de un país.

Nuestra anterior decana, Ana María Ibañez, ya les había recordado a los graduandos, en su ceremonia, que ellos eran “la generación de la paz; la generación que se inventará formas de reconstruir a Colombia, y de incorporar a muchas regiones olvidadas que sufrieron décadas de violencia; (…) la generación que deberá impulsar un desarrollo económico dinámico, equitativo y más justo, que no continúe creando condiciones para la violencia; (…) la generación de la esperanza”.

Ya sabemos que el Acuerdo de Paz en La Habana no incluyó el cuestionamiento del modelo económico del país, pero sí involucran una serie de retos económicos con implicaciones directas sobre las habilidades y herramientas que deberán tener nuestras nuevas generaciones de economistas, de los más de 50 programas de economía que hay en Colombia. Dejo como pregunta a profesores, egresados, decanos y administradores universitarios, si estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo por formar a esos economistas de la generación de la paz y de la esperanza.

Por ello, ofrezco unas reflexiones sobre esas habilidades y herramientas que serán fundamentales para que estos economistas que estarán al frente de los análisis y las decisiones en los sectores público, privado y social puedan construir una senda de desarrollo sostenible, fiscalmente responsable, incluyente y justo para los colombianos.
Con la eventual implementación de los compromisos adquiridos en el Acuerdo de Paz, muchas de estas habilidades y herramientas que mencionaré serán incluso más relevantes.

Resumiría esas habilidades y herramientas en tres grupos.

Primero, nuestros economistas tendrán que ser más pragmáticos, más aplicados, con mejores herramientas de discernimiento moral, y siendo más empáticos y solidarios. Segundo, deberán saber trabajar en grupo, y con las demás disciplinas relevantes al problema en cuestión, con capacidad para expresar mejor, de manera oral y escrita sus argumentos. Finalmente, deberán integrar más sus herramientas de micro y macroeconomía, con una perspectiva histórica, geográfica, y con más uso de la economía política, aprovechando el rigor de las matemáticas en sus modelos, pero manteniendo la pertinencia de los mismos a la realidad que están analizando.

Esta combinación de habilidades les permitirá enfrentar los retos de implementación de las políticas y programas públicos, privados y sociales que una economía para la paz requiere. Esos retos incluyen comprender la forma como los incentivos operan, y me refiero tanto a los incentivos materiales como a los no materiales, que a veces producen resultados deseados y a veces desastrosos. El reto más crítico en este sentido está en el problema de la corrupción que corroe sectores privados o estatales.
Para ello, les recomiendo la lectura del último libro de Samuel Bowles (The Moral Economy: Why Good Incentives Are No Substitutes For Good Citizens).

Aquí tenemos un desafío grande en comprender, desde la nueva economía del comportamiento (behavioral economics) esa interacción de incentivos, reglas, normas y políticas públicas, y, sobre todo, traer esos nuevos conocimientos a nuestros programas de pregrado, dada la muy pequeña fracción de egresados que continúan en posgrados, donde se accede a estos nuevos conocimientos.

Otro reto, en el que podemos mejorar en la formación de pregrado, está en la comprensión y análisis del sector solidario o cooperativo y, en particular, en el sector agrícola. Para comprender mejor, y evitar desmadres que se han dado en épocas recientes con el uso de esta figura para otros propósitos, es necesario trascender los modelos convencionales de firmas con ánimo de lucro, para incluir otros modelos de producción cooperativa y propiedad colectiva, y así convertir en realidad una estrategia incluyente y eficiente de esa ruralidad que sufrió la guerra, y en donde las ya desmovilizadas Farc encuentren oportunidades económicas de crecimiento.

Las aplicaciones en el contexto nacional son inmensas. No solo serán fundamentales en el modelo de desarrollo agrícola, que está en el primer punto del acuerdo, con un plan de estímulos a la promoción de la economía solidaria (Aparte 1.3.3.1 entre otros en el acuerdo inicial), sino que estos sistemas económicos hacen parte de toda esa diversidad de la ruralidad del país, expresada en más de un tercio del territorio nacional, que a partir de la propiedad colectiva en resguardos indígenas y consejos comunitarios de las comunidades negras deberá hacer parte del análisis económico.

Como lo ha descrito Dani Rodrik en su libro Economics Rules: The Rights and Wrongs of the Dismal Science, ha habido dos fallas por parte de los economistas para responder a los retos recientes. Por un lado, el poco cuidado al escoger bien los modelos correctos para las realidades particulares, y, por otro, darle un énfasis excesivo a unos modelos por encima de otros. La pluralidad en la formación, la diversidad en los modelos disponibles, en combinación con habilidades éticas para usar y adaptar los mejores modelos existentes, harán que nuestros economistas de esta nueva generación de la esperanza, respondan al país que ellos van a heredar.

Juan Camilo Cárdenas C.
Decano de la Facultad de Economía, Universidad de los Andes.

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