Juan Lucas Restrepo Ibiza
columnista

Comiéndonos el hato

Si Colombia quiere convertirse en gran exportador de carne bovina debe definir una estrategia para incrementar y sostener una población bovina.

Juan Lucas Restrepo Ibiza
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Juan Lucas Restrepo Ibiza
mayo 31 de 2017
2017-05-31 10:35 p.m.
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Es un buen momento para repensar la ganadería de Colombia a futuro. Lo es porque en la medida en que se cumplan los acuerdos de formalización de la propiedad rural y la tensión por la tenencia de la tierra disminuya, la estigmatización frente esta noble actividad también disminuirá. Lo es porque nuestro país tiene ventajas comparativas importantes para convertirse en un gran exportador de carne hacia una población global, que seguirá incrementando de manera significativa el consumo de proteína animal. Lo es porque la ganadería es una actividad que se complementa perfectamente con la agricultura, y en nuestro paisaje rural ambas tienen cabida.

Sin embargo, el panorama no es claro. Entre el 2011 y el 2016, el hato nacional ha disminuido 2,5 por ciento, el equivalente a unos 550 mil animales menos. Muchos ganaderos están contentos, en la medida en que los precios al productor, en términos reales, en este periodo han crecido 20,7 por ciento, pero podríamos estar entrando en un círculo vicioso en el que, sumando el consumo de los colombianos y las crecientes exportaciones proyectadas, fácilmente podríamos comernos el hato hasta niveles en los que la recuperación del mismo sea muy difícil de lograr.

Dado lo anterior, si Colombia se quiere convertir en un gran exportador de carne bovina, debe, de manera urgente, definir una estrategia para incrementar y sostener una población bovina que pueda soportar, de forma sostenible, la demanda.

Esto solo se logra mejorando la productividad. Los indicadores son pésimos y con el conocimiento y la tecnología disponibles pueden mejorar sustancialmente en el corto plazo. Para dar unos ejemplos, un bovino que hoy se demora en promedio casi tres años desde su nacimiento para salir al mercado, debería hacerlo en dos años. Una vaca que se demora 37 meses para su primer parto, debería demorarse 34 meses, y el intervalo entre partos podría bajar de 550 a 450 días. También una hectárea que hoy aloja un animal, debería alojar y sostener de forma permanente a dos animales.

Hay modelos productivos disponibles que logran alcanzar estas mejoras. Praderas renovadas con nuevas pasturas que incrementan la capacidad de carga, cultivos forrajeros para atender déficits estacionales de oferta alimentaria de los pastos, modelos silvopastoriles, cercas eléctricas con energía solar, modelos rotacionales en potreros más pequeños y muchas otras. Con este conocimiento disponible deberían desaparecer muchos hatos extensivos e improductivos que hoy dominan el paisaje. Pero hay que ir más allá. La salud del hato es pobre y como consecuencia, la productividad se merma enormemente. A eso hay que trabajarle urgentemente.

También en el componente genético falta más progreso; de las ferias salen reproductores carísimos llenos de premios que no conocen un potrero y no le aportan mucho a los hatos comerciales. Hoy, contamos con herramientas genómicas para orientar los apareamientos que mejoren el progreso genético de la población.

Además, por moda, se introducen y montan hatos de razas exóticas cuando la ganadería comercial debería conformarse principalmente con cruzamientos óptimos para distintos sistemas de producción. En este tema nuestras razas criollas mejoradas serán una parte importante de la solución.

Y, finalmente, hay que abaratar el acceso a la biotecnología reproductiva, principalmente semen y embriones, para que sean accesibles para todos los ganaderos, y se pueda orientar el hato más eficientemente en términos del número de hembras y los biotipos óptimos para la producción.O mejoramos pronto, o nos quedamos sin ganadería.

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