Juan Manuel Pombo

Los 15 minutos del triste Eróstrato

Juan Manuel Pombo
POR:
Juan Manuel Pombo
febrero 27 de 2015
2015-02-27 03:22 a.m.
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La ristra de represalias confesionales a bala, con las que empezó el año, me puso en busca del nombre olvidado de un personaje griego por el que en mi juventud tuve alguna simpatía.

Eróstrato se llamaba el fulano y, en mi caprichosa memoria (solemos acomodar los recuerdos para que respalden nuestros juicios), su proeza había tenido ribetes estéticos de altura divina: el tipo había incendiado un templo de Artemisa porque le parecía feo. A mi modo ver, un gesto laudable, siempre y cuando no hubiera víctimas mortales.

Pero resultó que no; el susodicho campesino, ‘pastor’ lo llaman los historiadores Plutarco, Valerio Máximo y don Quijote inclusive, incendió el templo “…solo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros”, en las inconfundibles palabras del último de los caballeros andantes.

Ahora, dado que en su tiempo (año 356 a.C.) el famoso templo era considerado una de las siete maravillas del mundo, Eróstrato, al parecer, no lo incendió por feo, sino por hermoso, es decir, lo hizo para montarse a cuestas de su hermosura.

Y eso, me parece, es el más ruin de los gestos, en el más cabal sentido de la palabra: Eróstrato fue un oportunista de la peor calaña, un triste creador de ruinas fáciles: “¿…igual que volar un avión en vuelo con un maletín que pasa desapercibido, o estrellarlo lleno de gente inocente contra un par de torres, no precisamente feas, o arruinar la cara de una mujer porque no quiso compartir con nosotros su hermosura…?”

En fin, Sartre especuló en torno al ‘personajillo’, y otros más lo han vinculado a las lúcidas sentencias del oscuro Heráclito, aquel que sabía que nada permanece y que nunca estamos frente al mismo río. Sea como sea, la carajada hoy en boga de matar porque han deshonrado a un profeta, en algo me recuerda la práctica de asesinar capitalistas porque desvalijaban al pueblo, que estuvo de moda entre las juventudes levantiscas de los años 60, 70 y 80.

En ese contexto, cabe preguntarse ¿qué acabó finalmente con las Brigadas Rojas en Italia, con la banda Baader-Meinhof en Alemania, con las Panteras Negras en Estados Unidos, los Tupamaros y Montoneros en Uruguay y Argentina respectivamente y, por qué no, con el M-19 en Colombia?

Yo me atrevería a decir que todos esos movimientos (ninguno alcanzó jamás la dignidad de partido, como tampoco lo han logrado tres cuartas partes de nuestros actuales ‘partidos’) fenecieron por substracción de materia: dieron de baja a un par, encarcelaron a unos pocos, se suicidaron tres o cuatro, envejeció la mayoría del resto.

Por encima de todo, colapsaron los modelos de sus sueños: desde las comunas hippies que pretendían acabar con la familia nuclear a punta de música y psilocibina, hasta el pantagruélico fracaso social, político y económico que fue la Unión Soviética y el ‘socialismo realmente existente’ en todos sus satélites, pasando por ese Edén trasnochado con el que quizá las Farc sean las únicas que aún sueñan, porque ciertamente les sería la mejor de las cárceles.

Juan Manuel Pombo

Profesor y traductor

juamanpo@yahoo.com

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