Juan Manuel Pombo
columnista

Al César lo que es del César

Una simple mayoría local no debiera poder disgregar un país y, por tanto, el concepto de supermayorías, más envolvente, debe prevalecer antes de meterle bisturí a las constituciones.

Juan Manuel Pombo
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Juan Manuel Pombo
octubre 26 de 2017
2017-10-26 10:57 p.m.
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En el año 509 a. C. se funda la república romana tras dos siglos de reyes autocráticos. Los nuevos cónsules juran que, en adelante, a Roma la gobernarán las leyes, no los hombres. Cuatro siglos y varias guerras civiles después, Bruto (Marco Junio) asesina a Julio César. Surgen Octavio Augusto, el primer emperador, y Virgilio, el más grande poeta latino. Se trazan las directrices de un imperio en expansión, con moderada y relativa paz interna que perdurará 200 largos años, periodo mejor conocido como la paz augusta o romana. Virgilio, por encargo de Augusto, redacta un texto que hará las veces de pedigrí de los romanos y arco del destino del imperio: La Eneida, la más accesible de todas las épicas clásicas de Occidente.

Tuve la suerte de cruzarme con una traducción al español de La Eneida realizada por un equipo de posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. La versión en prosa, no en hexámetros, la devoré como si fuera cinerama con sonido cuadrafónico. Aún recuerdo, oigo, veo los juegos fúnebres que Eneas organiza en las playas de Helios (Sicilia) en honor a su padre Anquises, en particular la competencia de tiro al arco: la paloma que vuela en círculos atada al mástil de una de las naves; el mástil que cimbra al golpe de la primera flecha y el renovado batir de alas de la paloma; el zumbido de la segunda saeta que surca el aire, corta la cuerda y la paloma despavorida que se oculta tras una nube; la tercera flecha que se pierde rauda tras la nube y, acto seguido, la paloma cae atravesada y exánime; por último, la cuarta flecha, la del viejo Acestes, que aunque sale con ligero retraso, en su vertiginoso ascenso hace combustión espontánea: retumban los vítores entre la soldadesca en la playa… augurios de buenos tiempos.

¿A propósito, de qué todo esto? Bueno, a que, a mi modo de ver, la Unión Europea es el proyecto geopolítico supranacional más importante y serio que ha surgido en los últimos 80 años, y que de su éxito o fracaso depende la calidad de la gobernanza política del planeta para los próximos 100 o 200 años. Basta mirar el vecindario: la Rusia de Putin, los Estados Unidos de Trump, Isis, China, Corea, las confederaciones árabes, las etnias africanas con torva vocación nacional, el polvorín en el que puede devenir el próspero sudeste asiático.

Una simple mayoría local no debiera poder disgregar un país y, por tanto, el concepto de supermayorías, más envolvente, debe prevalecer antes de meterle bisturí a las constituciones. El futuro posnacional (con única moneda) que ahora Europa honrosamente busca sin detrimento de más de 28 historias y lenguas, cocinas, músicas y olores, hace apenas 40 años era aún algo que muchos encontraban tan risible como la caída del muro de Berlín. Pues bien, ambas cosas ocurrieron para asombro de todos y sin derramamiento de sangre. ¡Mecachis en Puigdemont y cuestionó Cajamarca!

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