Juan Manuel Pombo

‘Comunidades imaginadas’

Juan Manuel Pombo
Opinión
POR:
Juan Manuel Pombo
mayo 26 de 2016
2016-05-26 08:28 p.m.
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Fui uno de esos desprevenidos lectores a quienes, cuando García Márquez ganó el nobel, algunas personas se acercaron a felicitar a propósito de nada; casi todos exalumnos, valga decir: conocían de antemano mi admiración por la obra del escritor y me habían oído vociferar que Cien años de soledad era más importante para Colombia que mil kilómetros de carretera pavimentada.

Por entonces no había leído aún el libro de Benedict Anderson, titulado como esta columna, sobre el surgimiento de las naciones contemporáneas, donde subraya no solo que la noción actual de nación surge con las guerras de independencia americanas, sino que novela y prensa fueron las fraguas del proceso. En crudo, Anderson sostiene que cualquier comunidad humana en la que sus miembros no pueden conocerse cara a cara necesita, para hacerse nación, imaginar una identidad “política y cultural… inherentemente limitada pero soberana”.

Un viejo truco usado en películas y novelas de espionaje para desenmascarar al agente sospechoso, recurre a la noción de Anderson: cuando en la frontera se le pide al sujeto que entone el himno de la nación de la que dice ser, el tipo se ve a prietas a la hora de cantar el de la patria que suplanta.

A este respecto, pero de manera inversa, no deja de sorprenderme el abismo cultural-fronterizo que se abre no más dar un paso allende cualquiera de las fronteras con nuestras hermanas repúblicas: sí, basta un paso para que, una vez en Venezuela, Panamá, Ecuador o Perú, nadie, y cuando digo nadie es nadie, al oír “Rin Rin Renacuajo” acto seguido espete “salió esta mañana muy tieso y muy majo” como hacemos por reflejo todos los colombianos: de Punta Gallinas al Amazonas; de Tumaco a Mitú, San Andrés y Providencia incluso… y de cualquier estrato.

Que una narrativa ficticia sea capaz de generar semejantes sinapsis socio-neuronales, que unos versitos infantiles bien rimados inciten el temblor profundo de una brújula normativa e identitaria (niños desobedientes, viejitas tacañas, matones lenguaraces) es francamente alucinante… y constituyente, ahora que la palabreja estará (otra vez) de moda.

Una prueba más de la precariedad de la educación en Colombia es que, a pesar de lo que ocurre con Rin Rin, cabe preguntarse a cuántos congresistas y profesionales se les mueve brújula alguna al escuchar “raudos potros en febril disputa” o nombres como Efraín, Bruno y Mayo o Arturo, Clemente y Alicia… aunque estén empalagados de mariposas amarillas.

Y es una lástima, porque superado un interludio posboom de tonterías sicariescas, el país está generando suficientes buenos novelistas (aunque no los suficientes lectores para que los anteriores puedan vivir de su oficio) esbozando los horizontes que somos capaces de imaginar. A propósito, en lo que va corrido de este año, leí tres espléndidas novelas (bellamente editadas por Pre-Textos) de Darío Jaramillo Agudelo y, aunque sigo sin entender cómo no las había leído antes, sé que, de ser leídas con mayor profusión, enriquecerán nuestras sinapsis socio-neuronales; se trata de Memorias de un hombre feliz, Cartas cruzadas y La voz interior.

Juan Manuel Pombo
Profesor y traductor
juamanpo@yahoo.com

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