Juan Manuel Pombo
columnista

Democracia, plebiscitos, tutelas...

Definitivamente, la augusta Pax romana me parece una de las épocas y lugares en los que mejor han convivido nuestros pasados congéneres.

Juan Manuel Pombo
Opinión
POR:
Juan Manuel Pombo
julio 28 de 2016
2016-07-28 08:05 p.m.
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Una de las definiciones de democracia más peligrosas y divertidas que he oído se le atribuye a John Huston, director de películas como El halcón maltés, La noche de la iguana y Bajo el volcán, a saber: “democracia son ciento veinte personas haciendo exactamente lo que yo digo”. El más virulento ataque contra la misma idea que conozco se le achaca a su defensor a ultranza, Winston Churchill: “no hay argumento más poderoso contra la democracia que hablar cinco minutos con un elector promedio”. Para rematar, agreguemos al coctel la opinión de la señora Thatcher, la ‘Dama de Hierro’, sobre plebiscitos y referendos: “son un recurso de dictadores y demagogos”, dijo alguna vez para respaldar la idea de que la noción de ‘referéndum’ era ajena a la cultura política británica.

Los idiomas (y sus respectivas culturas) en situaciones peligrosas se vacunan unos contra otros. En inglés, por ejemplo, no existe término para coup d’état (nuestro golpe de Estado), como si tal enfermedad solo fuera contagiosa al otro lado del Canal de la Mancha. Así, la historiografía inglesa suele pasar por alto que Cromwell decapitó a Carlos I y presenta su democracia parlamentaria como implantada con ‘incruento sacrificio’, por decirlo de algún modo.

Agitemos ahora el coctel preguntando si han sido necesarias dictaduras para, por ejemplo, hacer carreteras, o acueductos. Veamos, lo único bueno que le dejó Franco a España fueron sus carreteras; otro tanto quizá pueda decirse de Hitler en Alemania, de Mussolini en Italia y, con serias diferencias, pero decidida intervención del gobierno central, de Roosevelt en Estados Unidos. Definitivamente, a medida que sumo años de vida, la augusta Pax romana me parece una de las épocas y lugares en los que mejor han convivido nuestros pasados congéneres.

El imperio construía carreteras y acueductos y los pueblos sometidos (casi siempre a las buenas) se encargaban (sin dejar de rezarle a quien mejor les pareciera) de cobrar los peajes, mantener en buen estado los caminos y sus asaltantes a raya. Había un imperio razonable de la ley, un Estado de Derecho: San Pablo lo sabía, por eso conservó su patronímico para protegerse como ciudadano romano aunque fuera judío y hablara en griego y arameo.

Ahora, en un país donde los hijos de un presidente compraron a precio de estampilla tierras baldías por donde iban a trazar carreteras, que luego vendieron a precio de ingenio arrocero; un país donde los hijos de otro compraron lotes urbanizables para después venderlos a precio de bodega panameña, ¿cabe esperar que no surjan malandro-leguleyos instando a construir ranchos a lado y lado de una red eléctrica para luego asaltar al ‘Estado’ con indemnizaciones millonarias, o demandarlo con tutelas por salud del mismo calibre, sin entender lo que va de un dengue a una enfermedad huérfana, sin entender lo que va de un Plan Obligatorio de Salud (POS) viable a un Plan Infinito de Salud (PIS) inviable hasta en Islandia? Litigar contra el Estado cuando no hay Estado es un doble robo, no una conquista democrática.

Juan Manuel Pombo
Profesor y traductor
juamanpo@yahoo.com​

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