Juan Manuel Pombo
columnista

Esperanza de patria

Juan Manuel Pombo
Opinión
POR:
Juan Manuel Pombo
marzo 04 de 2016
2016-03-04 12:08 a.m.
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La atmósfera es inconfundible: una pesadez malsana impregna las dependencias. Tras ventanillas sucias, hombres y mujeres con cara de pocos amigos escupen información en piloto automático. La gracia, el sentido común, la mínima noción de servicio brillan por su ausencia. Que usuarios, clientes, pacientes, incluso deudores dispuestos a pagar no entiendan lo que se les dice, los tiene sin cuidado. Su misión es entorpecer, confundir, demorar. Su función vital, su ADN, está configurado para adherir como lapas al casco herrumbroso del estado o como cochinillos hambrientos a las tetillas de la institución de la que maman.

Una casta de sombríos oficinistas a perpetuidad, ineptos e inoficiosos, tal el legado de la ‘paz’ alcanzada mediante esa repartija por cuatrienios que acordaron liberales y conservadores a partir del Frente Nacional: esa coalición política y electoral que se diseñó para pacificar a Colombia distribuyendo equitativamente los ministerios y burocracias de las tres ramas del poder público. ¡Durante dieciséis años!

Así, Deus ex machina, el Estado se convirtió en bolsa de empleo, y el funcionario público, en pelele a sueldo. La abulia, el servilismo que dicho arreglo fomentó, terminó por arraigar e infectar la mayoría de emprendimientos, organizaciones e instituciones públicas, mixtas y privadas del país. Entecó los mecanismos mismos del aparato democrático: el debate, los partidos, la oposición, la izquierda, la derecha.

Mal que nos pese, el Frente Nacional terminó siendo la peor educación política concebible. No conformó estado, no constituyó polis, no impulsó areté, no pudo pensar lo público y trascender el espacio semibárbaro de la tribu, el clan, la familia. Los partidos se convirtieron en una entelequia perfecta, un paraíso de bobos. La política, en Colombia se convirtió en una actividad que, contrario a la máxima cínica, pero ilustrada, de Tancredi en el Gatopardo, “cambiar para que todo siga igual”, aquí se tradujo por la igualmente cínica, pero palurda, de no “hacer nada para no cortarnos las franelas”.

La lista de empeños fallidos últimamente aparece con frecuencia en estas páginas: Caprecom, Saludcoop, ISS; Reficar, Carbocol, Cerro Matoso; Inurbe, ICT, BCH, Caja Agraria; Colpuertos, Ferrocarriles Nacionales, Flota Mercante. El comportamiento y discurso de las Farc y el Eln, de los politicastros agazapados tras esas colchas de retazos mal llamadas ‘partidos’, las folclóricas hecatombes de reses en la espesura son también lastimosas trazas de la enfermedad de Icononzo: ante el horror, repartija.

Sin embargo, a contrapelo, en ocasiones sorprenden atípicos atisbos de salud: en unas instalaciones de Colpensiones, las mujeres del aseo son quienes realizan su oficio con más entusiasmo. Afuera, en la calle, jóvenes topógrafos levantan con empeño las manzanas capitalinas en 3D. Enfermeras competentes realizan elaborados exámenes de volúmenes pulmonares y gases arteriales. En una especie de contraentropía, un creciente número de funcionarios de ciertas EPS toman decisiones expeditas y autónomas. Tecnólogos eficaces revisan gasodomésticos, mientras estudian en el Sena.

Ojalá este incipiente, pero frágil sector de clase, milagrosamente no contaminado por la estupidez frentenacionalista, reemplace a la horda de hechiceros empíricos de antaño y se constituya en nuestra spes patriae.

Juan Manuel Pombo
Profesor y traductor
juamanpo@yahoo.com

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