Juan Manuel Pombo
columnista

La cultura del no pago

Cuando me crucé, en estas páginas, con la recomendación que sigue, temí por la formación que pueden estar recibiendo.

Juan Manuel Pombo
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Juan Manuel Pombo
agosto 24 de 2017
2017-08-24 08:24 p.m.
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Cuando me crucé, en estas páginas, con la recomendación que sigue, temí por la formación que pueden estar recibiendo en las escuelas de administración de negocios una buena cantidad de actuales y futuros gerentes: “comprar o producir barato, vender caro, cobrar pronto y pagar lo más tarde posible: los pilares (el énfasis es mío) del margen de contribución y el capital de trabajo”. Si estos son los pilares de la ganancia (además de los preceptos gerenciales en boga), me temo que la mentalidad pichicata y estrecha de los tenderos importadores de ultramarinos del siglo XIX, de algunos ferreteros de la primera mitad del siglo pasado y de los importadores de vinos, licores y carros de lujo por antonomasia se enquistó en el país para maleficio de todos.

Es increíble que a estas alturas la noción de beneficio siga siendo la chata cuestión del contante que cabe en los hondos bolsillos de los dueños de un negocio o la liquidez de sus chequeras. Quienquiera que esté implicado en cualquier eslabón de la cadena que va de la producción a la distribución de bienes y que no haya entendido que la circulación de moneda es el lubricante del proceso que enriquece a todos jamás va a entender el maleficio que hace al retardar pagos, no solo al proveedor particular que espera la retribución de sus servicios, sino a su propio negocio.

Un proveedor de traducciones, como yo, o de mantenimiento de equipo empresarial o de limpieza de oficinas o de cualquier otra cosa, carajo, no es lo mismo que un proveedor sueco/chino de papel o acero a escala industrial. No se necesita una maestría en el London School of Economics para entender que cientos de miles de proveedores independientes todo el tiempo pagan arriendos e hipotecas (pa’ beneficio de agencias inmobiliarias y bancos) se transportan en buses, taxis y carros (pa’ beneficio de transportadores e industria automotriz), viajan y pagan IVA (pa’ beneficio de la DIAN, compañías aéreas y hoteles), tienen hijos (pa’ beneficio de todos si logran alimentarlos y criarlos bien) y que por tanto su liquidez es mucho más importante y urgente que los hondos bolsillos perezosos de empresarios (o accionistas) que creen que retener pagos por servicios prestados (o sueldos debidos) redunda en beneficio.

La riqueza es un bien colectivo. No se puede ser rico rodeado de pobres. No en vano, en los países donde imperó la Reforma protestante (cuasi-sinónimo de desarrollo y cierto bienestar colectivo), el pago es sagrado. Nada más agradable, en términos de remuneración clara y expedita, que trabajar para clientes angloparlantes, miembros de sociedades que asimilaron la grave acusación que hace poco hiciera, también en estas páginas, Cecilia López Montaño: “Para los empleadores, la remuneración del trabajo sigue siendo un costo, y su relación con la demanda interna no se reconoce”. Por favor, señores empresarios, remunerar lubrica el aparato que genera riqueza; de lo contrario, se estriñe. Es más, Freud señalaba la tacañería como posible síntoma del adulto con fijación retentiva anal no superada.

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