Juan Manuel Pombo

Lo que es y lo que no es Macondo

Juan Manuel Pombo
POR:
Juan Manuel Pombo
diciembre 13 de 2013
2013-12-13 03:37 a.m.
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Hace ya muchos años, cuando dictaba clases de literatura ante pelotones de alumnos en quinto y sexto de bachillerato, con frecuencia repetía que Cien años de soledad era más importante que 400 kilómetros de carretera pavimentada.

Mi intención era enfatizar la importancia, la contingencia, el aporte real de la literatura y el arte, en la delicada construcción de la identidad personal y nacional, su peso específico a la hora de constituir eso que llamamos idiosincrasia y que tiene tanto que ver con el estado de desarrollo de la infraestructura de un país, como con la cocción de distintos tipos de tamales y pucheros, la música que atiborra las ondas radiales y la verdad como puños de que nada le hace más falta a un colombiano en el extranjero que una porción de arroz blanco con todas las comidas.

Los robustos brochazos de Obregón impregnan la memoria de nuestras retinas con luz del Caribe; las delicadas pinceladas de Botero reflejan y nos recuerdan la obesa y colorida vulgaridad cotidiana que impera en la patria del segundo himno más hermoso del mundo; la precaria infraestructura calibra nuestra noción del tiempo y el espacio con el que selvas y cordilleras nos separan.

Sin embargo, les advertía, esas señas de identidad que nos constituyen, eso que llamamos idiosincrasia, no es un dechado de virtudes en sí. Se trata, más bien, de un acervo de defectos, virtudes, hábitos, prejuicios, talante general, gustos, valores y comportamientos que un grupo humano comparte.

Porque, cuando se confunde idiosincrasia con virtud, a secas, puede ocurrir que algo tan absurdo como esperar bus en cualquiera de las cuatro orejas que se forman en un cruce de puente entre dos vías arteriales, es decir, en el mejor punto para armar un trancón de los mil demonios, se considere ley natural. O que entrar a una tienda y vociferar el pedido como si las otras cinco u ocho personas que estaban allí antes no existieran, se convierta en el único método para lograr atención expedita. O que el ruido, hacer ruido, se considere sinónimo de pasión. O que dar alaridos, narrando justo lo contrario de lo que están viendo nuestros propios ojos delante de la misma televisión (excepto darnos el nombre del señor que lleva el balón), lo llamen locución deportiva. Y que uno de esos desatinos estridentes y destemplados de una hora salpicada con media de publicidad insulsa reciban el nombre de noticieros. Y creer que así es todo en el ancho mundo.

En otras palabras, citando al actor estadounidense Alan Alda, quería advertir a mis alumnos sobre el peligro que representan todas esas cosas que asumimos por ignorancia como verdades universales “…ya que tales ‘verdades’ son las ventanas a través de la cuales miramos el mundo y, si no les echamos una limpiadita de vez en cuando, bien pueden terminar impidiendo que entre la luz”.

Dicho eso, en verdad de verdad os digo, Cien años de soledad hizo de mí un colombiano mucho menos solo cuando salí al ancho mundo.

Juan Manuel Pombo

Profesor y traductor

juamanpo@yahoo.com

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