Juan Manuel Pombo

¿Naciones o nociones?

Juan Manuel Pombo
POR:
Juan Manuel Pombo
agosto 10 de 2012
2012-08-10 12:38 a.m.
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En su libro El viejo expreso de la Patagonia, Paul Theroux dice que, en el fondo, toda América Latina se reduce a una ristra de ciudades y pueblos levantados en torno a una plaza central rodeada por una catedral, un edificio de gobierno, unas tiendas de misceláneas y una sucesión de estridentes bares y cantinas.

Así leída su singular crónica, podría llegarse a la conclusión equívoca de que lo único interesante con lo que se cruzó el señor Theroux en su largo viaje de Boston a la Patagonia fue con Jorge Luis Borges, en Buenos Aires.

El libro de viaje tiene una larga tradición en el mundo anglosajón: la expansión comercial de Inglaterra en el siglo XIX fue una invitación a la producción del género por parte de todo tipo de autores: aventureros, antropólogos, naturalistas, geólogos, mercachifles, charlatanes, poetas y artistas.

De aquí que su perspectiva condescendiente (o imperialista a secas) se implante desde los orígenes del género: quien se autoproclama observador, siente que mira desde la altura de su torreón.

Para el nativo (el observado), dichos libros pueden ser fuente de orgullo, porque se siente reconocido, o de malestar, porque se siente tergiversado.

A comienzos de la década de 1980, a un grupo de jóvenes profesores de bachillerato, el susodicho libro nos dejó un mal sabor en la boca. A la sazón, durante la visita de un súbdito británico enamorado y conocedor de América Latina, resolvimos invitarlo una noche a propósito de su interés por nuestro continente.

El tipo, Peter, incitado por su amor a la polémica, aseveró que coincidía con Theroux en aquello de que América Latina estaba cortada por un mismo patrón que hacía de todas sus naciones una colcha de retazos indiscernibles.

En el acto, manifestamos nuestro rotundo desacuerdo. Descartando el largo y heterogéneo pasado precolombino del continente; olvidando hechos tan significativos como las diferencias en el pasado de regiones que fueron virreinatos o capitanías, y para no hablar de colonizaciones tan distintas como las de Brasil, Bélice y muchas de las islas del Caribe, alegamos que bastaban las diferencias de lo ocurrido en ciento y pico de años de historias republicanas distintas para marcar idiosincrasias muy diferentes y que, por tanto, era viable hablar de una muy discernible ‘chilenidad’, ‘peruvianidad’, ‘colombianidad’ o cualquier otra nacionalidad que viniera al caso.

Entonces, Peter, buen conocedor de la región, lanzó un dardo preparado con mortal curare en la punta de la siguiente pregunta: “señores, si lo que dicen es cierto, ¿qué diferencia hay entre un costeño y un venezolano?”.

Entre nosotros cundió el silencio que suscita la sorpresa de la buena emboscada… pero Peter no contaba con la chispa de uno de los nuestros, Santiago, quien replicó con serena pulcritud: “está bien, Peter, los venezolanos y los costeños son casi igualitos, pero los costeños cuentan con una incuestionable ventaja”.

- ¿A saber?- preguntó Peter.

-Que son pobres –replicó Santiago– y, por tanto, usan bafles más chiquitos.

Recuérdese que el petrodólar estaba en auge.

Juan Manuel Pombo

Profesor

juamanpo@gmail.com

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