Juan Manuel Pombo

Ósculos, besos, juristas y policías

Juan Manuel Pombo
Opinión
POR:
Juan Manuel Pombo
septiembre 25 de 2015
2015-09-25 03:55 a.m.
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Los ‘foxis’, las ‘ratas, los ‘pericos’…, así se autodenominaban. Año tras año, el cóctel hormonal de la bigotación transfiguraba a unos preadolescentes, por lo demás normales, en ‘tráfugas’ entre la niñez y la delincuencia, capaces de las peores tropelías: amedrentar al hijo de un embajador para que los invitara a su cumpleaños y allí agotar las existencias de trago en una borrachera colectiva de hediondez tan triste como tonta. Organizar un plan piscina, con sombrillas y gafas negras en un purificador de aguas, a quince metros de altura, a las siete de la mañana y a cuatro grados centígrados de temperatura, so riesgo de expulsión del bachillerato.

Retarse, dos majaderos, para determinar cuál se sopla un palo de cerveza en menos tiempo. Inhalar el contenido en polvo de un extinguidor o matarse en un automóvil a 120 kilómetros por hora en la recta de Aguachica, manejando con las rodillas porque, literalmente, no les cabe el alma en el cuerpo.

He ahí la dimensión de la tragicomedia por la que hemos pasado todos los adultos que estamos vivos… por la gracia de Dios, la verdad sea dicha.

Dicen que las funciones ejecutivas del cerebro tienen lugar en los lóbulos frontales y que en la adolescencia estos no están todavía bien interconectados. Dicen, también, que el problema de la adolescencia es resultado de una discordancia evolutiva: para encontrar pareja, nuestros antiguos ancestros debían arrostrar grandes peligros al descampado, bajo el peligro de quedar sin descendencia.

Sea como sea, las estadísticas son elocuentes: el índice de mortalidad de los adolescentes es mucho más alto que el de niños y bebés. En Estados Unidos –que de estadísticas saben–, la tasa de mortalidad entre los quince y los diecinueve años es casi el doble de la que presentan las criaturas entre el primer y cuarto año de vida, y casi tres veces más alta que entre los cinco y los catorce años. El promedio de accidentes fatales entre conductores de dieciséis años es tres veces más alto que entre conductores de veinte años o más. La tasa de delincuencia empieza a subir drásticamente a los 13, alcanza su apogeo a los 18 y cae de nuevo.

Entonces, lóbulos frontales bien o mal conectados, polvos más o menos urgentes, lo importante es no olvidar que la mayoría de nosotros no solo pasó por allí, sino que sobrevivimos, y actuar en consecuencia: legislar donde compete, por ejemplo, al establecer la edad para manejar, para votar, para consentir un acto sexual, y no perder el tiempo sentando jurisprudencia sobre la intensidad permitida de las manifestaciones de afecto en los colegios.

Así, una ‘chupalina’ escolar en público debería servir solo para iniciar a los implicados en las sutilezas estéticas y semánticas presentes en lo que va de un ósculo a un beso y de allí a un ‘pierni-mani-culi-teteo’ descarado, y respecto a los artistas con inclinación por lo público, bastaría obligarlos a limpiar con cepillo y jabón un área equivalente a la intervenida en aras de su desmedida efusión espiritual.

Juan Manuel Pombo

Profesor y traductor

juamanpo@yahoo.com

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