Juan Manuel Pombo

‘Paideia’

Juan Manuel Pombo
POR:
Juan Manuel Pombo
mayo 17 de 2013
2013-05-17 03:43 a.m.
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Pertenezco a una generación de colombianos de un sector de clase específico, llámese clase media alta empobrecida o pseudoaristocracia en pauperización galopante (como la llamó hace mucho tiempo un colega de lides), que fue artífice de una silenciosa revolución pedagógica.

Durante mi educación primaria y secundaria, mal que me pese, el profesor era un ser humano que prestaba un servicio similar al de las mujeres del servicio, institutrices y policías.

Ya en bachillerato, los maestros y maestras del colegio donde me eduqué estaban tajantemente divididos entre colombianos y gringos. Los primeros, con raras excepciones, hay que decirlo, eran malos; y los segundos, también con irregularidad, buenos. Otro tanto podía decirse de los libros de texto: aquellos en español, pésimos; los que estaban en inglés, generalmente de McGraw-Hill, estupendos.

Por fortuna, cursé el bachillerato en tiempos levantiscos: la Guerra de Vietnam en creciente desprestigio; los hippies, empezando a hacer de las suyas; los Beatles y Rolling-Stones, entrando a saco al escenario del mundo y, por estas tierras, se sumó a todo el esplendoroso desorden un fervor comunista con innumerables ramificaciones criollas.

Uno de los profesores gringos, Mr. Olson, nos asombró, antes de pisar el salón de clase, caminando por los pasillos del colegio impecablemente vestido con una flor entre los dedos… no, no un girasol estrafalario al modo del barrio Haight-Ashbury en San Francisco, sino un silvestre diente de león (taraxacum officinale). Y luego nos noqueó en su primera clase de inglés: entró al salón con un tocadiscos que puso sobre el escritorio y esperó en silencio hasta que nosotros impusiéramos el nuestro. No pudieron ser más de cinco o diez minutos… una eternidad para un profesor nuevo ante una jauría de adolescentes fifí. Una vez reinó el silencio, puso un disco en el tocadiscos… y comenzaron a oírse los primeros acordes de Sounds of Silence, de Simon & Garfunkel. ¡Ah…, eso era una clase de inglés!

Qué diferencia con esos textos de preceptiva literaria de los que solo me quedó (lo agradezco, que conste) el soneto Los potros de J. E. Rivera. Qué diferencia con ese otro texto de filosofía de un cura Vélez que reducía el ‘pensamiento universal’ a banalidades como, Pascal: caña pensante o Hobbes: el hombre es lobo para el hombre. Ya se imaginarán los exámenes. Olson, por el contrario, ese día, solo nos pidió una opinión… y durante los cuatro años siguientes intentó enseñarnos a redactarla… la opinión.

Cinco o seis años después, el padre rector, Francis Wehri, empezó a reclutar exalumnos recién graduados de pregrado para que dictaran materias por las que tenían entusiasmo, aunque no comulgaran ni hubieran estudiado pedagogía. Hicimos lo posible por emular las clases de los gringos y así, con éxito o no, nuestros alumnos, a su vez, se sumaron a una revolución que se había puesto en marcha años atrás: la de profesores iguales a ellos: conocíamos los mismos clubes, pero, también y sobre todo, creíamos tener cosas interesantes y urgentes que decir, aunque en el camino perdiéramos la acción del club.

Juan Manuel Pombo

Profesor y traductor

 juamanpo@yahoo.com

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