Juan Manuel Pombo

Sobre la papa y el trigo

Juan Manuel Pombo
POR:
Juan Manuel Pombo
octubre 25 de 2013
2013-10-25 02:09 a.m.
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El fervor campesino que las recientes protestas agrarias despertaron en distintos sectores de la sociedad colombiana, me recordó la vieja polémica que desde los antiguos griegos se viene dando entre la bondad de lo rural y la abyección de lo urbano.

Se sabe de una justa poética (redactada entre los siglos VI y IV a.C.), conocida como El certamen, que da cuenta de una competencia apócrifa entre Homero y Hesíodo en la que, contra toda razón, Hesíodo sale victorioso ‘porque canta la dura brega de la labranza antes que los cruentos hechos de la guerra’, demostrando así que ni siquiera los griegos fueron inmunes a los maleficios de la corrección política.

Pues bien, a este respecto confieso que soy, si me permiten la expresión, un cerril partidario de la urbe, un porfiado defensor de las grandes conurbaciones humanas: Babilonia, Atenas, Roma, Bizancio, Tenochtitlán, Cuzco, Nairobi, Bombay, París, Londres, Tokio, Nueva York, el Distrito Federal, Bogotá, Buenos Aires y etc., etc.

Considero que, en los veinte (o cuarenta) mil años de historia humana más o menos conocida, el único aporte del campo digno de cantos y alabanzas son la siembra y el arado, pero eso fue hace ya mucho tiempo y cientos de miles de agrícolas panegíricos ya se han escrito dando las gracias por ese legado.

Me parece, y con esto no estoy diciendo nada más que una perogrullada, que el número de intercambios de toda índole en los conglomerados urbanos es muchísimo más nutritivo que los pocos intercambios que pueden darse ‘lejos del mundanal ruido’ y, sea que amemos las mansas campiñas o las agitadas urbes, el hecho es que, en lo que a la humanidad concierne, los aportes urbanos han sido no solo muchos más, sino también más provechosos… para bien y para mal: fusión nuclear o no, calentamiento global o no, agradezco haber nacido después de la luz eléctrica, la penicilina, la anestesia, la aspirina y casi al tiempo con las fresas odontológicas de alta velocidad.

Así, mi opinión en torno a este debate es que, desde que se superó el asunto de sembrar y arar, hace milenios, los campesinos han constituido la fuerza conservadora par excellence de la humanidad. Justamente para eso fundieron arados y levantaron graneros, para conservar… y desde entonces, con frecuencia, obstaculizan casi todo atisbo de progreso en la organización social con las mismas tácticas: acaparar, bloquear caminos, no recibir moneda circulante, negarse a pagar peajes, hacerse los de la vista gorda.

Bastaría preguntárselo a Luis XIV, quien para poder gobernar tuvo que encerrar a los más recalcitrantes representantes del campesinado (la nobleza rural) en esa prisión de lujo llamada Versalles o a Luis XVI (el mejor momento de la Revolución Francesa, id est, la Ilustración que la precedió) o incluso al ‘guillotinero’ mayor, el incorruptible Robespierre, cuyo principal dolor de cabeza no fueron las monarquías europeas conspirando en Viena, sino los campesinos franceses acaparando hortalizas en los castillos de duquecitos, que igual iban descabezando cuando quiera que no se sentían secundados.

Juan Manuel Pombo

Profesor y traductor

juamanpo@yahoo.com

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