Juan Manuel Pombo

Sobre reglas y metros de costurera

Juan Manuel Pombo
POR:
Juan Manuel Pombo
enero 31 de 2014
2014-01-31 02:01 a.m.
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Hace poco, la escritora Carolina Sanín comentó en una red social que una amiga postuló una frase como para enarbolar a lema nacional: “¡Hacer las cosas bien… queden como queden!”.

Curiosamente, dicho lema guarda profundo parentesco con uno de los más trillados mitos patrios, a saber, ese que alega que la mano de obra del país está constituida por recursivos ‘talentos’ empíricos, forjados en la universidad del rebusque y capaces de remendar cualquier cosa con hechizos tales que no se podrían diferenciar del producto original realizado por, digamos, obreros tan bien calificados como los de General Electric o Volkswagen.

Bueno, la triste verdad es que no, que el 70 por ciento de las veces los susodichos hechiceros no pasan de ser eso, taumaturgos que, incluso de buena fe, solo ocasionalmente nos sacan del atolladero… cuando no de estropear, quizá para siempre, la pieza que fuere. Durante años trabajé en una empresa en cuyas instalaciones había cuatro baños para hombres en cada uno de los tres pisos. Cada uno de ellos, a su vez, contaba con tres orinales abiertos y tres cubículos con excusado y puerta, para un total de doce cubículos aislables para deposición excremental por piso (sin contar los de las mujeres), es decir, un total de 36 puertas masculinas con su respectivo pestillo en todo el edificio.

Pues bien, solo 6 de esos 36 pestillos ajustaban como deben: para cerrar cualquiera de los otros era necesario forcejear con la puerta hacia arriba o hacia abajo de manera que la cabeza del pestillo pasara en limpio por el orificio que le correspondía o, mejor aún, olvidarse del asunto e indicar nuestra presencia con ligeros carraspeos de voz o presuroso arrastrar de pies, en el caso afortunado de que los gases intestinales no nos hubieran traicionado de antemano.

Ahora, si se piensa que toda la tecnología y pericia necesaria para poner un pestillo en una puerta consiste de una broca, una regla y un marcador (ojalá no indeleble), tenemos que quienes pusieron esos pestillos difícilmente pueden compararse con una pujante mano de obra industrial semejante a la que logró el milagro alemán después de la Segunda Guerra Mundial. ¿O no?

Entonces, ¿a qué atribuir ese malestar endémico, esa pereza del entusiasmo en un país que dizque es pasión? Con absoluta seguridad no se debe a falta de inteligencia, pero quizá sí a la falta de una formación ético-estética (por dar un nombre parecido a eso que llaman inteligencia emocional) en la que se subraye y felicite la esencial noción de calidad estimulando el enorme placer que da hacer cualquier cosa que funcione bien.

Quizá así podríamos eludir el peligro sobre el que Malthus advertía a Ricardo de caer en los errores de los ‘sastres de Laputa’ que, por un ligero descuido de medición al comienzo, terminaban cometiendo un garrafal error final. Paradójicamente, los susodichos sastres, todo lo medían con sextantes y brújulas, pero eran incapaces de sacarle el tiro a un pantalón por no saber usar un sencillo metro de costurera.

Juan Manuel Pombo

Profesor y traductor

juamanpo@yahoo.com

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