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Es imposible no leer el mensaje tras los hechos políticos de las últimas 48 horas en Europa.
Y es que más allá de las particularidades en cada caso, la caída del Gobierno holandés y la derrota de Nicolas Sarkozy en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia tiene un común denominador: el cansancio de la ciudadanía con los planes de ajuste.
Así lo dejaron también en claro miles de manifestantes el sábado en la República Checa, quienes salieron a las calles a quejarse de una situación que no mejora
De tal manera, la necesidad de equilibrar las cuentas fiscales se enfrenta al recorte de beneficios estatales, que desmontan paulatinamente conquistas como la gratuidad en la salud, los subsidios de transporte o un generoso régimen pensional.
Dichas medidas -sostienen sus promotores- son indispensables para conseguir que el Viejo Continente se quite gradualmente la pesada carga de su deuda pública. Esta equivale al 165 por ciento del Producto Interno Bruto en Grecia, al 120 por ciento en Italia y al 69 por ciento en España. El promedio, en el caso de los 17 integrantes de la zona euro, es de un elevado 87 por ciento, unos 50 puntos porcentuales más que el de Colombia.
Reconociendo que tales niveles son insostenibles, el problema es que la gente de a pie considera que está pagando los platos rotos que otros quebraron, principalmente una serie de dirigentes que han sido duramente castigados en las urnas y un sistema financiero al que más de uno califica de voraz.
Debido a ello, la lista de partidos que han perdido el poder es elevada, sin que realmente exista una tendencia ideológica que se imponga. Así, en los países en los que mandaba la derecha ahora manda la izquierda y viceversa.
La razón de que eso sea así es que, aparte de que los votantes expresen su rabia, hay pocas alternativas.
Los mercados azotan duramente a los países que incumplen sus promesas de apretarse el cinturón, lo cual crea un círculo vicioso: los márgenes de riesgo suben con lo cual las nuevas emisiones de bonos salen más costosas, haciendo mucho más difícil disminuir los saldos en rojo. Con el fin de evitar la debacle financiera, el remedio es usar la tijera presupuestal y desmontar programas o bien elevar los impuestos para conseguir lo que los técnicos denominan ‘consolidación fiscal’.
El problema es que esa opción no sale gratis. Abundan los ejemplos, sobre los costos sociales de aplicar los frenos.
Y es que no solo el desempleo se ha disparado a niveles que en promedio superan el 10 por ciento, sino que la actividad económica se ha resentido. Ayer, sin ir más lejos, el nombre de España se sumó a la lista de naciones en recesión, es decir, que llevan dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo. Algunos de los otros son Italia, Bélgica, Holanda y, fuera del área del euro, la República Checa.
Ante esa situación, surgen las propuestas populistas o los movimientos extremos. Entre los electores galos han calado las ideas de postergar los sacrificios o, incluso, de abandonar la moneda comunitaria.
Aparte de ello es claro que las tensiones al interior de la Unión Europea han aumentado, sobre todo con Alemania que tiene la economía más poderosa de todas y sigue sin ceder un ápice a la hora de relajar esa norma que dice que el déficit público debe ser inferior al equivalente del 3 por ciento del PIB.
Para Berlín, cuyo faltante es cercano al 1 por ciento, es fácil insistir en dicha regla, pero para Madrid -que el año pasado estuvo por encima del 8 por ciento- entrar dentro de esos parámetros no tiene nada de sencillo.
Por lo tanto, el futuro no es nada promisorio, lo cual explica el comportamiento bajista de las bolsas ayer.
Una vez más se vuelve a comprobar esa máxima que afirma que la política importa y de la manera en que esta evolucione también lo hará no solo la economía europea, sino la del planeta entero.
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